Héctor Díaz Polanco

Díaz-Polanco, Héctor

An anthropologist and sociologist, is also a research professor of the Center for Research and Higher Education in Social Anthropology (CIESAS) of Mexico. He is renowned as an essayist on the subject of identity, autonomies, and political movements. He has published over 240 texts within his field of specialization, including 20 books as sole author and around 70 as co-author. He has acted as a consultant to the FAO (UN) on indigenous themes; the Nicaraguan government on the design of autonomies (1984-1990); the Zapatista Army for National Liberation (EZLN) during the San Andrés negotiations (1995-1996); and the Autonomous and Country Design Commissions of the National Constitutional Assembly of Bolivia (2007). He has won the International Essay Prize (under the auspices of Siglo XXI Editors, the UNAM and the University of Sinaloa), in 2005; and the Essay Prize of Casa de las Américas (Cuba) in 2008. Among others, Siglo XXI has published his works The Zapatista Rebellion and Autonomy (1997) and In Praise of Diversity: Globalization, multiculturalism and ethnophagia (2006).

sábado, 28 de noviembre de 2009

Apoyo a los electricistas del SME


Se requieren medidas contundentes para frenar ofensiva contra trabajadores: Grupo Sur
Llaman intelectuales a fuerzas progresistas y de izquierda a apoyar el paro nacional
Afirman que el golpe contra electricistas creó una posibilidad de ruptura política sin precedente

Andrea Becerril

Periódico La Jornada
Domingo 8 de noviembre de 2009.

Escritores, cineastas, académicos e investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México que participan en el Grupo Sur hicieron un llamado a todos los sectores progresistas, populares y de izquierda a empeñar todos los esfuerzos de unidad para respaldar el paro nacional del próximo día 11, convocado por el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), pues se requieren medidas contundentes y de alcance nacional para detener la ofensiva del gobierno contra los trabajadores y las organizaciones gremiales.

Es necesario “generar una convergencia amplia de los oposiciones, las resistencias y las disidencias –políticas, regionales, sectoriales y de clase– en torno a los electricistas. En este momento y por encima de diferencias ideológicas o programáticas todos los segmentos que se definen como de izquierda y progresistas tienen el deber de incorporarse a la lucha por la defensa de Luz y Fuerza y el SME, subrayan Carlos Payán, Guillermo Almeyra, Cristina Barros, Víctor Flores, Armando Bartra y John Saxe Fernández, entre otros integrantes de dicho grupo.
Advierten que la propuesta de paralizar actividades en el país será una jornada decisiva en la lucha por la soberanía popular, la democracia y la defensa del petróleo y la electricidad, por lo que todos deben participar, con el fin de que tengan éxito ese paro y las demás acciones que lleven a cabo los integrantes del SME en defensa de su fuente de empleo y conquistas laborales.
La violencia empleada por el gobierno para liquidar a una empresa pública y sus trabajadores, y el intento descarado de convertir en botín de consorcios privados la estructura de fibra óptica de Luz y Fuerza, hará inevitable la radicalización de las medidas de resistencia.
El sindicato, factor de articulación de las izquierdas
En un pronunciamiento público signado también por Marco Buenrostro, Héctor Díaz-Polanco, Elvira Concheiro, Gerardo de la Fuente, Rosa Elena Gaspar de Alba, Epigmenio Ibarra, Massimo Modonesi, Lucio Oliver, Consuelo Sánchez, Gabriel Vargas Lozano, Mario Zepeda y Sergio Zermeño, el Grupo Sur advierte, en torno al control gubernamental de los sindicatos, que el SME ha sido, pese a todo, un factor de articulación para las izquierdas y las causas progresistas.
El SME ha sido punto de confluencia ineludible entre las luchas sociales y las instituciones, entre las resistencias civiles radicales –como Atenco, el zapatismo, la APPO–, las luchas universitarias y el movimiento de resistencia de Andrés Manuel López Obrador. Para el calderonato se trata de un símbolo a destruir, subraya.
Para el Grupo Sur, la inconstitucional liquidación de Luz y Fuerza, el acoso jurídico contra los electricistas y sus dirigentes y el linchamiento propagandístico de los sindicalizados han creado una posibilidad de ruptura política sin precedente desde el inicio de los gobiernos neoliberales.
Las medidas puestas en marcha por el gobierno federal constituyen un acto de desestabilización y una declaración de guerra contra todas las conquistas sociales, los derechos del pueblo mexicano y el proyecto nacional enarbolado por las izquierdas de este país a lo largo de un siglo.
Si se permite concretar el golpe contra el SME, la ofensiva se enfocará luego contra derechos y conquistas, como la autonomía universitaria, la presencia del Estado en la educación y la salud y a depredar todo lo que queda de la propiedad pública, insiste el Grupo Sur. Resalta que es imprescindible constituir un solo frente de lucha que una a obreros, campesinos, trabajadores, maestros, estudiantes, indígenas y activistas sociales por el reconocimiento de los derechos.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Sobre el Decreto contra LyFC y los electricistas


CUATRO PREGUNTAS AL GOBIERNO FEDERAL Y UN PUNTO DE VISTA

1.- ¿Qué entiende el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, por dialogar (“Primero liquídense y luego vemos”)? ¿Por qué un gobierno no puede negociar sino sólo conversar? ¿Todas las decisiones están tomadas de antemano y el papel de los partidos de oposición, los sectores de la sociedad civil o los sindicatos es confirmar esas decisiones?
2.- ¿Cómo se justifican afirmaciones como la del presidente Calderón de culpar al SME de la pérdida de 100 mil empleos? ¿De dónde obtuvo la cifra? ¿o ese dato le permite presumir una “conciencia tranquila” después de dejar sin empleo a 50 mil electricistas?
3.- La actual campaña contra el sindicalismo, sin duda una zona donde abundan la corrupción institucionalizada (SNTE, petroleros, ferrocarrileros, CTM), se está transformando en una campaña contra la idea misma de la existencia de sindicatos y de derechos laborales. El secretario del Trabajo, Javier Lozano habló de analizar “el costo-beneficio de cada sindicato”, ¿para el gobierno, para la empresa o para los trabajadores? En cambio, defendió al sindicalismo bueno y criticó al sindicalismo malo y no se tomó la molestia de definirlos. ¿Qué merece el sindicalismo bueno (SNTE, petroleros, ferrocarrileros, CTM) y por qué se elogia tanto a sí mismo al reprimir al sindicalismo malo?
4.- ¿Qué significan las leyes para el gobierno federal? La decisión de Felipe Calderón, al extinguir LyFC, contravino la Constitución y la Ley Federal del Trabajo, además de pasar por alto, sin explicaciones, los contratos firmados por el propio gobierno. ¿Por qué no se declaró, si tal era el caso, la situación de emergencia que le hubiese permitido al régimen hacer a un lado la legislación expresa?
5.- Estamos claros: Luz y Fuerza del Centro ha tenido graves problemas de operación y de finanzas, las tarifas eléctricas se han disparado sin control (cortesía de la Secretaría de Hacienda), el servicio deja mucho que desear, se han generalizado los abusos en los cobros (curiosa modo de buscar apoyo a la liquidación) y la atención a los usuarios ha sido pésima, cuando no deliberadamente insultante. Atribuirle al sindicato decisiones que han sido del gobierno federal es un pobre escamoteo de la realidad. Sin pretender eludir la parte significativa que le corresponde a los sindicalizados, la crisis de la empresa tiene que ver sobre todo con la política de desmantelamiento sostenida durante quince años por las administraciones sucesivas. En este tiempo y sin justificación alguna no se ha invertido nada en la modernización del equipo y su mantenimiento; se ha empeorado el servicio y encarecido para todos los usuarios (no favorecidos). Y ahora se ha concesionado, sin explicaciones, el extraordinario negocio de la fibra óptica a una empresa encabezada por dos ex secretarios de Energía panistas.
Atentamente
Marco Antonio Campos
Rolando Cordera
Arnaldo Córdova
Laura Esquivel
Bolívar Echeverría
Víctor Flores Olea
Luis Javier Garrido
Héctor Díaz-Polanco
Antonio Gershenson
Hugo Gutiérrez Vega
Luis Linares Zapata
Guadalupe Loaeza
Roberto Morales
Carlos Monsiváis
Jorge Eduardo Navarrete
Carlos Payán
Carlos Pellicer López
José María Pérez Gay
Carlos Tello
Víctor Manuel Toledo
Héctor Vasconcelos

domingo, 11 de octubre de 2009

Feria del Libro de la Ciudad de México en el Zócalo


Mesa redonda con el antropólogo Héctor Díaz-Polanco en la feria del libro en el Zócalo
Si se desmantela el SME, iremos directo hacia un Estado terrorista: Carlos Fazio

Héctor Díaz-Polanco y Carlos Fazio. En México se nos quiere inducir a la violencia porque hay un pueblo organizado, sostuvo Carlos Fazio (atrás), periodista colaborador de este diario. Foto María Luisa Severiano

Arturo García Hernández
10 de octubre de 2009.

El embate del gobierno ilegítimo de Felipe Calderón contra el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) busca romper uno de los eslabones más fuertes de la cadena de resistencia social contra el actual modelo económico y político y sus abusos.
Este fue uno de los puntos de coincidencia entre el antropólogo Héctor Díaz-Polanco y el periodista y académico universitario Carlos Fazio, durante la mesa redonda ¿Hacia dónde va América Latina?, efectuada ayer en la Feria del Libro en el Zócalo.
Es –dijo Díaz-Polanco– un caso paradigmático que sencillamente no nos podemos dar el lujo de perder: si el gobierno ilegítimo triunfa en su pretensión, la ciudadanía estará en condiciones muy difíciles para avanzar en el camino de alcanzar una democracia efectiva, de justicia social y económica.
Significaría un “retroceso extraordinario, una conculcación de las libertades“; el Estado y este gobierno no tienen derecho de entrometerse en un asunto interno del sindicato, señaló.
Si lo logra, estaría allanando el camino para iniciar en el país un nuevo ciclo de desarrollo neoliberal, aún más penoso que el que ya padecemos.

Constante retroceso

Carlos Fazio destacó que históricamente el SME ha sido protagonista de las luchas sociales de México; si lo desmantelan, se va a facilitar el escenario para transitar hacia un nuevo Estado autoritario que, si no se frena, va directo a ser uno terrorista; la plutocracia necesita liquidar todo lo social organizado para seguir explotando al pueblo de México. De eso se trata la embestida contra el SME.
La situación del país –dijo antes Díaz-Polanco– es ilustrativa de una de las dos tendencias en que se están moviendo en América Latina.
Mientras México no sólo no ha avanzado, sino que sigue retrocediendo en prácticamente todos los terrenos de la vida pública, varios países del sur del continente conforman el epicentro, el gran laboratorio donde se están decidiendo los grandes cambios que veremos dentro de muy poco a escala mundial.
Todo lo que en ese sentido ocurre en países como Bolivia, Ecuador, Venezuela, se ha ido redefiniendo después de una largo pasaje por un túnel oscuro neoliberal.
En esos países, América Latina renace y se pone a la vanguardia, al frente en la innovación práctica de nuevas formas de organización social y política.
Aun cuando coincidió con los planteamientos de Díaz-Polanco, Carlos Fazio advirtió sobre la amenaza de las oligarquías nacionales, apoyadas por el imperialismo estadunidense, de imponer sus condiciones, como ya ocurrió antes, por la vía del terror de Estado.
En México y en otros países se nos quiere inducir a la violencia porque en países como este hay un pueblo organizado; movimientos populares que están ejerciendo autonomía de manera directa.
Por eso debemos oponernos al consenso del borrón y cuenta nueva en todos aquellos países en que se ha criminalizado y reprimido la protesta y la disidencia: Es necesario denunciar, analizar e informar para crear nuevas herramientas de prevención y protección ante el ascenso de la violencia por parte de los que mandan.
Son muchos los que se preguntan por qué resistir al olvido, y respondemos que ésa es una de las batallas cruciales en el inicio de este tercer milenio, porque en el mundo actual se dan las condiciones de reproducción de la barbarie y del horror nazifacista; es parte de lo que puede venir a corto plazo.
La mesa redonda tuvo lugar en el Café Literario de la Feria, que se llenó. Al final hubo una sesión de preguntas y respuestas, donde se hizo notorio el interés y la participación del público.

Homenaje a Casa de las Américas

Mesa en la UNAM por los 50 años de la institución cubana
Resaltan la trascendencia cultural de la Casa de las Américas

Carlos Montemayor, Miguel Barnet, Ana Esther Ceceña, Jorge Fornet y Héctor Díaz-Polanco, ayer, en la Facultad de Economía. Foto Carlos Cisneros

Arturo García Hernández
9 de octubre de 2009.

En la historia de la cultura latinoamericana hay un antes y un después de la Casa de las Américas, primera institución cultural surgida de la Revolución Cubana, que este año cumple medio siglo.
Este es uno de los señalamientos en el que coincidieron los participantes en una mesa redonda conmemorativa de la efeméride, efectuada ayer en el Auditorio Narciso Bassols de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Ana Esther Ceceña, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, promotora de la conmemoración y moderadora de la mesa, recordó que Casa de las Américas surge en un momento en que había luchas por todos lados, había ideas nuevas que estaban rompiendo con la coraza de lo viejo, se estaban abriendo aires libertarios en toda nuestra América.
Jorge Fornet, director del Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, afirmó que la institución “contrarrestó la guerra fría cultural promovida por Estados Unidos en todo el mundo, y dio un nuevo canon intelectual en todo el continente, promoviendo la cultura desde una nueva perspectiva”.
La Casa de las Américas se fundó el 28 de abril de 1959, apenas unos meses después del triunfo de la Revolución Cubana.
Recital poético de Viglietti
El escritor Carlos Montemayor contó que al momento de la fundación de Casa de las Américas, aún vivía en los cerros salvajes del norte de México, en Chihuahua.
En 1965 llegó a la ciudad de México. Poco después, como resultado de los procesos sociales en el subcontinente, empezaron a llegar intelectuales, artistas, periodistas con sus propias tradiciones a cuestas: en ese momento descubrimos que México formaba parte de una de las tantas ramas del árbol continental.
Para Héctor Díaz-Polanco, quien ha sido jurado y también ganador de uno de los prestigiados premios de Casa de las Américas, dijo que en el contexto posterior a la Segunda Guerra Mundial, sobrevino una batalla cultural, una batalla de las ideas en medio de la cual Casa de las Américas se erigió como un punto de vista alternativo ante el pensamiento único promovido por el imperialismo estadunidense.
También resaltó la incuestionable limpieza con que se otorgan los Premios Casa de las Américas, lo cual no ocurre con otros galardones prestigiosos de otras latitudes.
El escritor Miguel Barnet, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, observó que siendo la primera institución cultural surgida de la Revolución y cuando ésta aún no se declaraba socialista, Casa de las Américas ya estaba elaborando una estrategia cultural que proyectaba a los artistas y escritores cubanos que vivíamos en la isla y a los artistas y escritores latinoamericanos hacia el mundo.
Al respecto, el autor de Canción de Rachel resaltó un dato importante: “Al boom de la literatura latinoamericana de los años 60 contribuyeron editoriales francesas y españolas, pero antes de que ellas publicaran a los autores del boom, Casa de las Américas ya los tenía en su catálogo y los había publicado, entonces no sólo contribuyó a establecer un canon latinoamericano sino a fraguar un boom, algo que muchas veces los escritores olvidan, porque los escritores somos ingratos.”
La conmemoración de los 50 años de Casa de las Américas en la Facultad de Economía, concluyó con un recital poético musical de Daniel Viglietti y la actuación del grupo Salario Mínimo.

lunes, 17 de agosto de 2009


México
El Estado cerró el debate, por tanto no se enlazaron las demandas indígenas y la ley, explica
Preocupa que el EZLN nade en sentido contrario
del marco legal: Díaz-Polanco

La diversidad cultural y la autonomía en México (Nostra Ediciones), reciente publicación del antropólogo


Arturo García Hernández. México, D.F., 3 de agosto de 2009.

Héctor Díaz-Polanco. Foto Carlos Cisneros

El levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994 puso en el centro de la agenda nacional el tema de la diversidad cultural y la autonomía, así como su relación con el Estado.
Hoy, la discusión está empantanada, porque los tres poderes del Estado la han dado por terminada, con lo cual se relega una demanda esencial no sólo del zapatismo, sino de los pueblos indígenas de México en general.
El antropólogo Héctor Díaz-Polanco, especialista en la materia, hace la observación en entrevista a propósito de la publicación de su libro más reciente, La diversidad cultural y la autonomía en México.


–Además del debate teórico que compendia el libro, ¿cuál es la situación de ése en el ámbito concreto de la política y lo jurídico?
–Tenemos una situación de empantanamiento y difuminación de algo que parecía al alcance de la mano después del levantamiento del EZLN y en la segunda mitad de la década de los años 90.
Al iniciar el siglo XXI, esto se empieza a difuminar y concluye en su aspecto jurídico y político con las reformas que aprobó el Congreso en 2001, las cuales no satisfacen al sujeto central del proceso: los pueblos indígenas. En ese momento, el señor Fox manda al Congreso la propuesta acordada en San Andrés Larráinzar, elaborada por la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa); el Congreso ignora los acuerdos y toma su decisión, y el Poder Judicial dice que las modificaciones se ajustan a la ley. Los tres poderes de la Unión se lavan las manos y dan por cerrado el caso.
La reacción es que el EZLN se afianza en sus regiones e inicia “la construcción de autonomías de facto, que llaman Juntas de Buen Gobierno y Caracoles, pero sin adaptarse a un marco jurídico que les queda estrecho.
“El resto del movimiento indígena intenta realizar procesos de autonomía de facto en distintos puntos del país, con resultados desiguales”.
Para Díaz-Polanco –también autor de Elogio de la diversidad. Globalización, multiculturalismo y etnofagia–, es preocupante que un movimiento social “que es muy importante para el futuro del país, esté nadando a contracorriente respecto del marco legal.
En ese sentido, podríamos hablar de un fracaso social, dada la incapacidad de encontrar la articulación adecuada entre las demandas de un grupo social importante, los pueblos indígenas y el marco jurídico del país, en la medida en que el Estado da por cerrado el asunto.
Caso contrario y ejemplo son los avances logrados en países como Bolivia, Ecuador y, hasta cierto punto, Venezuela; en Guatemala es un tema que empieza a plantearse, lo mismo que en Perú.
Obedientes al capital
Este “gran movimiento latinoamericano centra su lucha no sólo en el reconocimiento político, sino además en buscar la salida a una tremenda disputa por recursos y territorios.
Los pueblos indígenas tendrán un papel importante en la sociedad, no sólo por sus reclamos, sino porque pueden ayudar a detener una catástrofe ecológica, consideró el especialista.
Ése es el núcleo de un conflicto en el que los gobiernos en particular son cómplices y participantes activos de los grandes intereses de los capitales internacionales, que ven en esos territorios un botín valiosísimo para desarrollar sus negocios.
–Esta circunstancia parece común en toda Latinoamérica; ¿cuál es la razón de que en algunos países el movimiento triunfe o tenga avances importantes y en México no?
–Hay un patrón general, con las particularidades de cada caso. Consiste en que se logran avances sustanciales cuando confluyen un movimiento popular con fuertes reivindicaciones sociales y con un liderazgo casimátrico, y los pueblos indígenas. Cuando estos dos elementos se articulan, se logran cambios en la esfera gubernamental estatal, a partir de los cuales se da respuesta a los problemas de los pueblos indígenas. Ese patrón lo tuvimos aquí, en el proceso electoral de 2006, pero concluyó con un fraude que impidió que siguiera adelante. Esa es la diferencia entre la experiencia mexicana y las de otros países.
–Estos procesos son desesperantemente largos y lentos; ¿el debate en la materia puede resurgir en México y tener avances significativos?
–Creo que sí, porque hemos aprendido que los grandes logros de los pueblos indígenas están asociados con la persistencia del esfuerzo en construir condiciones de autonomía y de protección de territorios y recursos, así como su articulación con los grandes movimientos sociales. Las condiciones en México están en desarrollo y llegará el momento en que los pueblos indígenas tengan un papel importante. No sólo por lo justo de sus reclamos, sino porque están haciendo propuestas vitales hoy día, como la relación de la sociedad con la naturaleza, ya que pueden ofrecer soluciones para evitar o solucionar una catástrofe ecológica.
Por ejemplo, la constitución ecuatoriana incluye por primera vez en el mundo el reconocimiento a los derechos de la naturaleza, algo que en la tradición occidental liberal ni de lejos puede concebirse. Esto es algo que tendrá consecuencias interesantes.

La diversidad cultural y la autonomía en México es publicado por Nostra Ediciones como parte de la colección "Para entender", cuyo propósito es poner al alcance de un público amplio, de no especialistas, temas específicos de manera rigurosa, pero en lenguaje accesible.
“En ese sentido –precisa el autor–, no es un libro de investigación, sino que es fruto de investigaciones previas presentadas de manera resumida.”

lunes, 13 de julio de 2009

CARACAS: DEBATE ENTRE INTELECTUALES

LA DERECHA REHUYE DEBATIR
Cinco momentos

1) Intelectuales debatirán crisis del capitalismo en Caracas


TeleSUR. 26/05/2009
El Ministerio de Cultura venezolano dirigirá el Encuentro de Intelectuales que se llevará a cabo en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) en Caracas, donde se discutirá la Crisis del Capitalismo entre el miércoles 27 y el viernes 29 de mayo.
Para este encuentro llegan al país suramericano para el debate de la crisis financiera del capitalismo, el antropólogo y sociólogo mexicano Héctor Díaz-Polanco; la economista mexicana Ana Esther Ceceña; el filósofo mexicano Fernando Buen Abad; el político y antropólogo mexicano Gilberto López y Rivas y el boliviano Hugo Moldíz Mercado.
Además, llegan a Caracas Tania Nilsen Temoche, Winston Orrillo, de Perú; James Early, Eva Golinger, de Estados Unidos; Manuel Cabieses, de Chile; Hernando Calvo Ospina, William Ospina, de Colombia y Abel Prieto, de Cuba.
En representación nacional asistirán el historiador y escritor Luis Britto García; la periodista María Alcira Matute; el historiador Vladimir Acosta; la profesora Marisol Ferrari; el poeta y crítico literario Gustavo Pereira; el político y militar retirado Alberto Müller Rojas, que también ejerce como vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV); Carlos Lanz; el ministro para el Comercio, Eduardo Samán; el profesor Mario Sanoja; el periodista Earle Herrera; la historiadora Iraida Vargas y la profesora de economía Judith Valencia.
El programa que inicia este miércoles a horas de la tarde, prevé como acto inaugural una reunión de intelectuales en la Plaza Bolívar de Caracas (centro) para la distribución de libros, minilibros, cuentos infantiles, revistas y películas, que fomenten la memoria colectiva del pueblo venezolano.
De manera simultánea, esta misma actividad se realizará en todos los estados de Venezuela.
Al día siguiente, se dará inicio a los foros en el Celarg con los temas Cultura y Revolución, Contrarrevolución y medios de comunicación, y al concluir el día (jueves), se rendirá un homenaje al escritor uruguayo Mario Benedetti, fallecido el pasado 17 de mayo, en el Teatro Teresa Carreño.
Para el viernes, día en el que concluye el evento, en el mismo escenario se realizará el foro Los pueblos frente al consumismo.
Luego, en el Gran Salón del Hotel ALBA Caracas (centro), se llevará a cabo el Homenaje a La Casa de las Américas y la Clausura de la reunión de ministros de Cultura de los países de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA)

2) Venezuela: intelectuales neoliberales vs. Chávez

Vargas Llosa, Castañeda y Krauze aceptan el reto de debatir con el presidente venezolano en el maratón de "Aló, presidente".
Tres de los intelectuales reunidos en Caracas para un foro sobre libertades políticas y económicas aceptaron el reto del presidente Hugo Chávez de debatir ideas en su programa, Aló, Presidente, que se transmite en versión maratónica con motivo de su décimo aniversario.
Ya el jueves el escritor y político mexicano Jorge Castañeda había manifestado su disposición a participar en el emblemático espacio televisivo.
El viernes, el escritor peruano Mario Vargas Llosa y el intelectual mexicano Enrique Krauze se le unieron y oficializaron esta postura, en declaraciones que ofrecieron en el marco de un evento organizado por el 25 aniversario del Centro de Divulgación del Conocimiento Económico (CEDICE), del que son figuras estelares.
Pero hay un "pero". Mientras el mandatario venezolano habló de darles cabida para que discutan con intelectuales del otro extremo del espectro ideológico mientras él tomaba un asiento en la audiencia, los aludidos pidieron que el intercambio de ideas fuera con Chávez directamente.
La mañana de este jueves el "teletón" de "Aló, Presidente", se tomó un descanso. El canal oficial Venezolana de Televisión transmitió parte de su programación regular y parte de un foro paralelo organizado por el gobierno sobre la crisis del capitalismo, que busca hacerle contrapeso al evento del CEDICE, institución que el oficialismo acusa de obedecer intereses de la derecha internacional.
El periodista Roberto Hernández Montoya, una de las figuras principales del evento paralelo, dijo que Vargas Llosa y los otros seguían teniendo abierta la invitación, "donde quieran y cuando quieran, a intercambiar ideas", pero no con el presidente, sino con él y sus colegas.
"Estaría desesperadamente interesado en oír las argumentaciones de los colegas liberales y neoliberales sobre cómo dar fundamentación a su idea de dar prioridad a la libertad sobre la igualdad en la sociedad", afirmó, por su parte, Héctor Díaz-Polanco, sociólogo y antropólogo mexicano.
A unas pocas cuadras de distancia, en el foro del CEDICE, los intelectuales coincidían en la necesidad de entablar un diálogo. La diferencia esta en "con quién".
"Sería muy interesante para la vida del ciudadano venezolano y sano para la vida política de Venezuela ver a su presidente en un debate de ideas, escuchando opiniones de lo demás y no sólo exponiendo las suyas", dijo en el mexicano Enrique Krauze.
El historiador y ensayista, quien recientemente publicó un libro titulado "El poder y el delirio", sobre lo que él llama el fenómeno de la "Hugolatría", dijo que los intelectuales debaten todos los días con sus pares sobre temas de actualidad, con lo que insinuó que no tendría sentido repetir el ejercicio en Aló, Presidente.
"No quisiéramos robarle tiempo", indicó, al tiempo que pidió que la discusión tuviera "reglas claras".
Por su parte, el ex canciller mexicano Jorge Castañeda admitió que un eventual debate con el jefe del Estado venezolano no sería en "igualdad de condiciones" por el puesto y rango del adversario, pero manifestó que daba la "bienvenida" a la invitación.

3) Intelectuales progresistas reiteran llamado a debatir con derechistas


Caracas, 29 May. ABN.- El grupo de invitados internacionales que se encuentra en Venezuela, participando en el foro Los Intelectuales frente a la Crisis del Capitalismo, reiteró el llamado al debate que propusieran el día jueves a quienes asisten al encuentro antichavista que organizó la Fundación Internacional Libertad (FIL), donde participan exponentes de la ultraderecha latinoamericana y representantes de transnacionales del hemisferio.

El anfitrión del evento Roberto Hernández Montoya, manifestó, durante la rueda de prensa final desde el Celarg, que están dispuestos a reunirse en cualquier espacio para discutir y debatir sobre el sistema neoliberal y la búsqueda de una solución integral a la crisis económica que azota al mundo entero y que ha generado la perdida de millones de empleos.

Ante la respuesta obtenida por parte de Álvaro Vargas Llosa, representante de la FIL, quien solicitó un debate exclusivo con el Presidente de la República, el antropólogo mexicano Héctor Diaz-Polanco manifestó que un debate ideal sería entre intelectuales extranjeros, sin la necesidad de incluir actores políticos.

'Nosotros como pensadores latinoamericanos estamos realmente interesados en discutir con ustedes, representantes del neoliberalismo, la debacle del sistema capitalista que siguen defendiendo desde su trinchera. Vamos a sentarnos en el mismo escenario y compartimos ideas. Así se hace el debate', destacó Díaz-Polanco.

Por su parte, el filósofo mexicano Fernando Buen Abad señaló que este tipo de debate sobre la crisis y el consumismo debe ser permanente y desarrollarse en todos los escenarios posibles, por constituir una forma de elevación de la conciencia y de profundización del pensamiento pluralista.

De igual manera, el sociólogo español Juan Carlos Monedero enfatizó que la crisis amerita mucha seriedad y es una necesidad entablar un análisis profundo para encontrar la solución en un sistema nuevo que escape y se aleje del neoliberalismo que dominó el mundo durante años.

'En inconcebible pensar que la solución del problema sea la misma causa generadora del problema (...) La solución de la crisis no puede radicar en el capitalismo, el mismo sistema que la provocó y que ha sumido al mundo en pérdidas', aseveró el español.

En definitivas, los pensadores concluyeron que foros como este son un reflejo de la voluntad popular, y por ello deben estar dirigidos al análisis detallado de la realidad y la transformación de la sociedad.

4) La oportunidad de debatir con Chávez fue desperdiciada

30 de mayo de 2009.

El filósofo mexicano Fernando Buen Abad calificó hoy de oportunidad extraordinaria la propuesta de debate entre intelectuales de pensamiento socialista y liberal, lanzada por el presidente venezolano, Hugo Chávez.
En declaraciones a Venezolana de Televisión desde el Palacio de Miraflores, donde estaba previsto realizarse el encuentro, Buen Abad consideró poco serio que esas personas no acudan a expresar sus ideas, mientras se prolongaba la espera por la reunión, prevista para las 11:00 hora local.
Queremos saber si todavía tienen ganas de conversar, si hay confianza en lo que se piensa, en lo que se dice, agregó.
Chávez ofreció la víspera su programa televisado Aló Presidente, en una edición especial conmemorativa por su décimo aniversario, para una discusión entre intelectuales de derecha e izquierda que coincidieron en Caracas en dos foros separados.
El filósofo mexicano señaló que no es un problema personal, sino que el momento es de significativa importancia porque se trata de debatir sobre la crisis del capitalismo y "si no somos capaces de defender nuestras ideas, de profundizar el pensamiento, es un desperdicio enorme".
Consideró que esos individuos se ausentaron porque sabían que es un debate serio en el que terminarían reconociendo asuntos insustentables como el desempleo, el hambre, la desigualdad, la injusticia, heredados del capitalismo.
Estos representantes de la ultraderecha proimperialista viajaron a Caracas a un evento denominado Encuentro Internacional Libertad y Democracia, al que asistió Mario Vargas Llosa, su hijo Álvaro, el ex canciller mexicano Jorge Castañeda y el colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, entre otros.
Coincidiendo con ello, un grupo de intelectuales del pensamiento revolucionario de vanguardia del continente se reunieron aquí para debatir sobre la crisis del capitalismo y los retos del mundo actual.
Entre éstos últimos estuvieron ministro de cultura Abel Prieto (Cuba), el antropólogo y sociólogo Héctor Díaz-Polanco (México), Hugo Moldíz (Bolivia) y Eva Golinger (Estados Unidos).
Además, la economista mexicana Ana Esther Ceceña, el filósofo mexicano Fernando Buen Abad, el político y antropólogo mexicano Gilberto López y el boliviano Hugo Moldíz, entre otros.

5) El debate del que Vargas Llosa huyó

Hugo Moldiz Mercado/ Especial para CAMBIO

La Época. Miércoles, 3 junio de 2009

Las ideas son las armas, quizá las únicas, con las cuales las fuerzas de izquierda, partidarias del cambio, y las de derecha, aferradas a su nostálgica economía de mercado, deberían disputar su hegemonía en América Latina. Pero, la cruda realidad muestra el uso monopólico de la manipulación ilegítima del imaginario colectivo.

Las ideas se hacen importantes cuando adquieren la calidad de instrumentos de organización y movilización de la sociedad, es decir cuando ganan materialidad. Pero cuando las ideas representan lo pasado y solo se amplifican por el uso de la estructura propietaria de los medios de comunicación, están condenadas al fracaso.

Aunque su origen ha sido Caracas, sus repercusiones han rebasado las fronteras de Venezuela. Desde la estadounidense CNN hasta diarios locales, pasando por agencias transnacionales de la información, el sábado 30 de mayo se han dedicado espacios para “informar” sobre un desencuentro político entre el pasado y el futuro. “Hugo Chávez rechaza debatir con Vargas Llosa a última hora”, titulaba El País de Madrid y la agencia EFE, también de España, decía: Hugo Chávez rechaza tener un cara a cara con Vargas Llosa”. El Nuevo Herald sostenía: “Chávez declina debatir en televisión solo con Vargas Llosa”. Los segundos aceptaron gustosos la invitación presidencial, prevista para el sábado 30 en el Palacio de Miraflores.

Pero nada de lo que dijeron esos medios es verdad. En realidad, todo empezó en la primera entrega, de cuatro previstas, del programa televisivo 331 de Alo Presidente que Chávez conduce desde hace 10 años. El jueves por la noche el presidente venezolano, molesto por la agresión física de la oposición a periodistas de los medios oficiales y en respuesta a los ataques recibidos por una supuesta limitación a la libre expresión, lanzó el misil inesperado: invitó a los intelectuales de la derecha, reunidos en un lujoso hotel de la zona de Altamira, a debatir con sus similares progresistas y de izquierda de Venezuela y de algunos países de “Nuestra América”.

Lo que se iba a discutir, si Vargas Llosa aceptaba, estaba determinado por lo que ambos grupos de intelectuales trataban, desde distintas posiciones, en sus respectivos encuentros. Los convocados por la oposición venezolana tenían en su agenda temas como el de “la refundación ética del capitalismo”. Los segundos, invitados por el gobierno bolivariano y bajo la premisa fundamental de “los intelectuales frente a la crisis del capitalismo”, debatieron Cultura y revolución, contrarrevolución y medios de comunicación y, finalmente, los pueblos contra el consumismo.

A contra ruta de su titular, el periódico español describía los hechos, aunque para luego negarlos, de la siguiente manera: “Chávez tuvo la ocurrencia de que podría ser interesante invitar a este grupo de intelectuales "de la derecha" a participar en un debate televisado contra intelectuales "progresistas".

El viernes en la noche, a pocos minutos de empezar la segunda entrega del Alo Presidente, se reiteró la invitación y, al cumplirse cerca de una hora de estar al aire, CNN informaba que Vargas Llosa aceptaba el debate, pero con una importante modificación: hacerlo con el presidente venezolano. La respuesta del escritor español (pues renunció a su nacionalidad peruana) provocó la crítica de los intelectuales progresistas y Chávez manifestó que, para lograr eso, primero debía ganar una elección. “Ahora, la invitación es esta: los invitados internacionales de la contrarrevolución, Aló Presidente, once de la mañana (...) Yo puedo ayudar moderando, pero “el debate es entre intelectuales”. Yo soy presidente", reiteró Chávez y la agencia AP la reproducía textualmente.

En ese mismo programa incluso se dijo que podía ser a un intelectual por bando. Vargas Llosa no aceptó la invitación y el encuentro con el escritor Luís Brito, dos veces premio Casa de las Américas, no se hizo. El autor de “la ciudad y los perros” se limitó a contestar: “Si el presidente sólo puede debatir con presidentes, ¿para qué nos invita a discutir?". Las palabras del escritor dejan en evidencia la manipulació n, vía medios de comunicación, de los ciudadanos del mundo, pues nunca hubo una invitación a debatir con el jefe de estado venezolano.

Vargas Llosa no pudo ocultar su desprecio por los intelectuales progresistas. El escritor, a quien las imágenes de la televisión, incluida la opositora Globovisión, no mostraban retenido un par de horas por funcionarios de migración, como se ha señalado, sino más bien caminando a paso acelerado por el aeropuerto y flanqueado por dos guardaespaldas de civil, declaró, en señal de desaprobación, “yo no sé quienes son esos intelectuales”. En la misma línea se expresaron Jorge Castañeda, el ex canciller de Fox muy vinculado a Washington, y Enrique Krauze, un defensor acérrimo del liberalismo.

Entre los “despreciados” estaban, entre otros, Héctor Díaz-Polanco, Premio Casa de las Américas; Ana Esther Ceceñas y Fernando Buen Abad, intelectuales de reconocido prestigio académico en el mundo por sus aportes al pensamiento social.

No cabe duda que el encuentro organizado por la oposición venezolana, que el jueves 28 por la noche protagonizó una marcha de teas con cerca de 700 personas, ha servido para dar de comer a los medios de comunicación, nacionales y extranjeros, sin cuya amplificación de los hechos la derecha tendría menos fuerza de la que aparenta.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Los límites sociales y naturales del capital

El hombre de hierro de Armando Bartra

Héctor Díaz-Polanco


El hombre de hierro. Los límites sociales y naturales del capital, de Armando Bartra, es un libro que dará mucho de qué hablar y mucho sobre qué reflexionar en los próximos años. Se trata de una obra de madurez, meditada, expuesta en sus múltiples pliegues con la maestría que dan los años y la experiencia de un pensador mexicano que ya no se cuece al primer hervor ni al primer fervor.
Es un texto complejo, pero límpido en sus ideas centrales y en sus argumentaciones. Sin duda es un libro con aristas filosóficas, que no rehúsa las formulaciones de cuestiones a veces complejas. Sin embargo, no hay en él oscuridades. Por el contrario, se trata de un trabajo claridoso, directo, que va al grano de los desafíos que enfrenta la humanidad ante el monstruo sistémico y global: el que resume la feliz expresión de “hombre de hierro”.
Puede leerse en la dirección acostumbrada y de un tirón. Es lo aconsejable. Pero también se puede sacar provecho de la lectura puntual de determinados capítulos, caracterizados por su redondez. En todo caso, es recomendable leerlo despacio, saboreando el condimento de su fraseo.
Porque una de las características notables de este libro, aparte de su contenido (desde luego) es la forma: quiero decir, el “estilo” que le imprime el autor. Armando Bartra ha ido construyendo una escritura propia, peculiar, que aprovecha la potencia expresiva del habla popular mexicana. Esto, me parece, hace no sólo más placentera la lectura, sino que la convierte en una exploración de nuevas significaciones que brotan de las iluminaciones del lenguaje.
La obra está emparentada con una anterior del mismo autor. Me refiero a
El capital en su laberinto. De la renta de la tierra a la renta de la vida (2007), en la que se abordaron los nuevos peligros y las amenazas que derivaban de las andanzas del capital por los caminos del control de la vida, en su afán de estandarizar, homogenizar, controlar, acicateado por su histórica obsesión: el lucro, la obtención de máxima ganancia, sin importar el costo social y ecológico.
Arm
ando recordaba entonces, con peculiar lenguaje, que “desde chico” el capitalismo estuvo obsesionado por el “emparejamiento” en el campo, con lo que engendró rentas agrícolas (absoluta y diferencial). Pero este sueño decimonónico del capitalismo sólo se vino a realizar a fines del siglo XX, “cuando, al descifrar el germoplasma, la biotecnología creyó haberse apropiado—ahora sí—de las fuerzas productivas de la vida, que en adelante podrían ser aisladas y reproducidas, intervenidas y, sobre todo, patentadas” (373).
El gran dinero andaba de fiesta, escribió Bartra. Pues ahora, “la nueva productividad” dependería “cada vez menos de la heterogeneidad agroecológica, de modo que, al irse independizando los rendimientos de condiciones naturales diversas y escasas, menguan también las rentas diferenciales, sobrepago que en el pasado pervirtieron el reparto del excedente económico y que hacían necesario apelar al Estado y los campesinos como alternativa al indeseable y costoso monopolio agrícola privado”.
Pero aquí estaba la “paradoja” (y el potencial drama humano): “la tendencial extinción de la vieja renta de la tierra” coincidía “con el debut de la flamante renta de la vida.” Y es que con las “alambradas” genómicas que ahora tendía el capital, se trataba de monopolizar “un bien infinitamente más rentable que la tierra del que dependen la agricultura, la farmacéutica, los cosméticos y una porción creciente de la expansiva industria química”. Ahora el capital se proponía lo mismo controlar la diversidad biológica que, como intenta hacerlo desesperadamente de un tiempo a esta parte, la diversidad sociocultural (incluyendo el control sobre esa realidad esquiva que los antropólogos han estudiado desde los albores de la disciplina: las identidades étnicas, cuestión que estudié en mi último libro Elogio de la diversidad).
Bartra nos advertía entonces contra el “riesgo enorme” de dejar en manos de un puñado de transnacionales una cuestión tan esencial. Uno de esos riesgos era que “habiendo bancos de germoplasma ‘ex situ’ ya no importa[ba] arrasar bosques, selvas y policultivos para establecer vertiginosas plantaciones especializadas, ni preocupa[ba] que el genoma silvestre o históricamente domesticado se contamin[ase] de transgénicos...” Nos jugábamos el pellejo, advertía el autor: las “industrias de la vida” del capital son, en verdad, “industrias de la muerte.” Así quedaba configurada la gran problemática de nuestro tiempo, esto es, “la contradicción entre la uniformidad tecnológica, económica y social que demanda el orden del mercado absoluto [por una parte] y la insoslayable diversidad biológica, productiva y societaria consustancial a la naturaleza y al hombre... [por otra]”.
Era la síntesis de todo un programa de investigación que reclamaba su desarrollo, y que requería ampliarlo a sus múltiples vertientes y sus implicaciones globales. Esto es lo que ha intentado Bartra en su siguiente obra, la que nos ocupa, como la consecuente aproximación a algunas de las cuestiones cruciales que brotan en El laberinto... En El hombre de hierro, hay un despliegue ampliado, con una perspectiva global vigorizada.
En síntesis, se trata de analizar las inclinaciones, las pulsaciones, las obsesiones uniformadoras de lo que el autor llama el “sistema del mercantilismo absoluto”, y de las consecuencias de todo tipo (sociales, culturales, ecológicas, políticas, etc.) que resultan de su accionar obcecado.
El monstruo ya no es el Estado-nación, “sino la bestia global”. El nuevo “ogro desalmado es el capitalismo planetario y rapaz del nuevo siglo: un sistema predador, torpe y fiero; un orden antropófago; un imperio desmesurado que, como nunca, espanta: un asesino serial con arsenales nucleares”. Es una bestia sistémica que resulta más feroz en la medida en que fracasa en la persecución de sus fines, pues también ella persigue utopías irrealizables, alcanzar metas que resultan imposibles porque se enfrentan a límites y resistencias. Esos límites se resumen en la heterogeneidad, la diversidad y el pluralismo. Así, mientras en el siglo XIX “el planeta parecía encaminarse a la homogeneidad”, en cambio “en el XXI es patente que [...] la diversidad está aquí para quedarse. Por fortuna” (23). El capitalismo busca afanosamente carcomer la biodiversidad y barrer “con los pluralismos étnicos y culturales no domesticables”. Y es allí donde el autor ve los límites (sociales y naturales) del capital y, por tanto, donde se sitúan los puntos estratégicos de una resistencia creativa a dicho sistema.
Y es que tales límites parecen infranqueables. Pero no pueden dejarse a merced de sus efectos automáticos. Requieren de acciones conscientes, de sujetos que actúan con una direccionalidad y, en la medida de lo posible, con un plan diseñado al efecto (aunque no puedan predeterminarse todos sus detalles). Pues aunque el mercantilismo se enfrente a esos límites insalvables, en el trance de su búsqueda ciega del lucro, podría (aún sin alcanzar sus propósitos uniformadores) destruir las condiciones de reproducción humana en el planeta. Quizás no podría nunca uniformizar el mundo a su imagen y según sus propósitos; pero podría destruirlo. La visión de esta eventualidad terrible es un elemento subyacente en el análisis de Bartra. Y es por eso que agrega: “Así, quienes siempre reivindicamos la igualdad debemos propugnar por el reconocimiento de las diferencias”. No de cualquiera: “No los particularismos exasperados que babelizan las sociedades, no las identidades presuntamente originarias, inmutables, esencialistas y excluyentes. La diversidad virtuosa y posglobal es la pluralidad entre pares, la que construye a partir de la universalidad como sustrato común” (24). La uniformidad mercantilista es irrealizable porque se enfrenta a la heterogeneidad “técnica, socioeconómica y cultural” que establece el límite del capitalismo en dos sentidos: “como contradicción estructural”, pero también como “germen de una socialidad y una economía otras”.
La nueva subjetividad que construye esta nueva socialidad (así como las nuevas relaciones económicas) no es globalifóbica, sino globalicrítica, es altermundista. En cambio, el imperio, sus organismos multilaterales, sus transnacionales, son globalifágicos, “glotones irredentos”. Vale decir que lo suyo “no es amor por la globalidad sino hambre insaciable de acumulación planetaria”. Frente a esto, el autor imagina una nueva Arcadia que no es el “viejo socialismo” ni un orden absoluto y definitivo, “sino mundos colindantes, entreverados, sobrepuestos, paralelos, sucesivos, alternantes...” Ya no más las utopías siempre posdatadas, que sólo tienen que ver con el futuro, pero no con el presente. Lo que necesitamos, dice, es “proyectos que fertilicen el presente, lazos al futuro que le den sentido al aquí y al ahora” (33).

Bartra da un salto —en parte apoyado en Marx y sin obviar las críticas a sus devaneos tecnologicistas— por lo que hace a la evaluación de la tecnología y su papel histórico. Como se sabe, una tradición en la izquierda, depositó en el desarrollo tecnológico esperanzas desaforadas, fundadas en una peculiar idea sobre el desarrollo de las fuerzas productivas. Partiendo de la experiencia de los luddistas y de la premonición contenida en la obra Frankenstein de Mary Shelley, entre otras fuentes, el autor asume el siguiente aserto: “las máquinas engendran monstruos”. Los luddistas entran a la historia como reaccionarios. Bartra, en cambio, asume la idea de Marx de que en la acción de esos desesperados que destruían máquinas (de esos “maquinófobos”) se encontraba la primera intuición de los efectos expansivos del hombre de hierro como opuesto al hombre de carne y hueso.
Pero Bartra no cree que la radicalidad consista en desviar los ataques, pasando de las arremetidas contra las máquinas (y en general, la tecnología como construcción de autómatas y de uniformidades) a los embates contra la forma social de explotación de los capitalistas, como quedó establecido en la izquierda marxista tradicional. Se trata, dice, “de articular un cuestionamiento integral —o ‘real’— del mercantilismo absoluto que incluya tanto su contenido material como su forma económica. En esta perspectiva el ecologismo radical y otras modalidades recientes del pensamiento crítico representan una especie de negación de la negación que recupera, trascendiéndolo, el núcleo racional del luddismo. Una suerte de ‘luddismo científico’ que, sin desconocerlo, va más allá del viejo ‘luddismo utópico’”. (40-41).
Al análisis del monstruo de hierro en sus múltiples manifestaciones dedica el autor uno de los capítulos más ricos y estimulantes de su ensayo: el monstruo agreste del emparejamiento rural, que más bien cosechó revoluciones campesinas; el apocalíptico que crea “cosas” (bombas, etc.) que amenazan y que, en palabras de Thompson, convierten el exterminio no en una cuestión de “clases”, sino en una cuestión de “especie”; el de los confines, al que dedicó páginas brillantes el antillano (martiniqueño para más señas, que no africano como supone el autor, aunque casi) Frantz Fanon a mediados del siglo pasado, prefigurando el “colonialismo interno” como otra expresión de la dominación en otros confines; el interior, que procura interiorizar el aparato, hacer también subjetiva, íntima, la alienación, con lo que, según la formulación de Marcuse, la libertad se convierte en “una forma de poder”; el ilustrado, que cambia el carácter de los llamados “bienes culturales” y busca que “los productos del espíritu” ya no sean “también mercancías”, sino que lo sean “íntegramente” (Adorno), y que “el hombre de hierro mediático”, dice Bartra, pase de ser “el autómata audiovisual que nos entretiene a ser también el autócrata electrónico que nos gobierna” (56); el electrodoméstico, el “hombre de hierro hogareño que, a la postre, resulta tan opresivo y siniestro como el fabril”; el “habitado” que aplica la tecnología del capital a la ciudad, que también funciona como fábrica, “la inclemente máquina de vivir”; el insostenible, ecocida, el de los transgénicos, el de la destrucción de la vida; el binario, patentador de ideas, monopolizador de datos, de metodologías, el de las “bardas virtuales” y “los alambres de púas digitales”, que lleva a “una crisis de la ecología intelectual semejante a la catástrofe ambiental que provocan sus torpes modos de intervenir en la naturaleza” (68).
Frente a estos monstruos (o mejor: frente a las diversas manifestaciones del mismo monstruo mercantilista, autorregulado, que, según lo sintetizó Polanyi, produjo la “gran transformación” a cuyos efectos nos enfrentamos hoy, ya al borde del abismo) el autor observa a una multiplicidad de sujetos que luchan y lo combaten: “la necesidad de trascender el reduccionismo clasista como clave del conflicto social se evidencia en el hecho de que la relación económica capital-trabajo es unidimensional, mientras que la contradicción entre el mercantilismo absoluto y el binomio hombre-naturaleza es polimorfa”.
Al gran dinero, dice Bartra, lo anima una “compulsión omnifágica”; pero “se le atragantan muchas golosinas, en especial el hombre y la naturaleza, factores de la producción insoslayables pero tercamente irreductibles a la reproducción mercantil” (71). El capitalismo “quiere devorarlo todo pero le hace daño”.
“Así las cosas —concluye el autor— el revire de los luddistas, que más que irse contra la plusvalía la emprendían a marrazos contra máquinas y fábricas, resulta paradigmático de la lucha contra el monstruo polimorfo, de la resistencia del ‘hombre de carne y hueso’ al acoso del hombre de hierro”.
Es un ensayo que debe leerse con atención.

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Armando Bartra, El hombre de hierro. Los límites sociales y naturales del capital, UACM/UAM/Editorial Itaca, México, 2008.

Lo nacional-popular en el Caribe

El mito roto
Política y movimientos en República Dominicana


Héctor Díaz-Polanco


La obra de Laura Faxas, El mito roto. Sistema político y movimiento popular en la República Dominicana, 1961-1990, es el detallado fresco de los procesos políticos, económicos y sociales en aquel país caribeño, elaborado desde la perspectiva del movimiento popular y sus avatares. Abarca tres décadas decisivas. Allí se despliega el análisis de este interesante libro, aunque en los primeros capítulos se ofrece un contexto histórico, muy útil para los no iniciados, que se remonta a las dificultades y límites de una nación en construcción, a partir del logro de la independencia frente a Haití en 1844, pasando por las vicisitudes de los alzamientos, la inestabilidad institucional con frecuentes asonadas y caídas de gobiernos, la intervención militar norteamericana (un factor fundamental en el área del Caribe), hasta desembocar en la dictadura trujillista que se enseñoreó sobre la sociedad dominicana durante treinta años: 1930-1961.
El dictador, Rafael Leónidas Trujillo Molina, quien en los últimos años de su dominio había reñido con ciertos intereses norteamericanos, fue emboscado y ejecutado por miembros de las clases altas, instigados por la Agencia Central de Inteligencia. Se desató una grave crisis política. Joaquín Balaguer, intelectual al servicio de Trujillo, fracasa en su intento de dar continuidad al régimen y convertirse en la nueva figura política dominante, por lo que tiene que entregar el control del gobierno a un consejo de Estado integrado por figuras de la oligarquía y abandonar el país. La crisis se dirime finalmente en las elecciones de 1962, en la que Juan Bosch, líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), con el destacado apoyo del campesinado, resulta triunfador. Bosch intenta poner en práctica un proyecto de modernización política y económica, con fuerte énfasis en la justicia social. Bajo el fuego cruzado de los empresarios, la iglesia católica y poderosos grupos norteamericanos que financiaron las acciones de la oposición, siete meses después (septiembre de 1963) el gobierno de Bosch es derribado por un golpe militar. Están en escena ya dos líderes o caudillos que marcarán la vida dominicana durante décadas: Balaguer y Bosch.
Aquí arranca el fenómeno político que constituye uno de los hilos conductores de la obra de Faxas: el nacimiento de lo que llama “el mito populista” en la República Dominicana, cimentado en torno al PRD. El análisis de las circunstancias en que el PRD se convierte en fuerza política, logra el triunfo electoral y, después del golpe de Estado, da nacimiento en el imaginario popular al mito del “encuentro del pueblo-nación”, constituye el punto de partida de la obra. Dibujando un arco temporal que se extiende por veinte años, el estudio llega a un punto culminante con las revueltas populares de 1984, irónicamente contra el gobierno del PRD, que según el punto de vista de la autora marca el fin o la muerte del mencionado mito populista.
El mito derivó del fracaso de la primera tentativa democrática y, paradójicamente, se alimentó de aquel revés. Como lo recuerda la autora, “Bosch luchó por la constitución de un Estado de derecho, por el respeto a las minorías—incluyendo a los comunitas— y por la defensa de las libertades públicas para todos”. Asimismo, promovió la modernización económica y defendió los intereses nacionales frente a las empresas extrajeras. Buscó institucionalizar cambios fundamentales, mediante una nueva constitución que incluía el derecho de huelga, la participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas, la reforma agraria para abolir los latifundios, los precios de garantías para los campesinos, entre otras medidas democráticas. Ciertamente, dicha constitución (cuya aplicación fue impedida por el golpe militar) “sintetizaba la auténtica naturaleza nacional-popular del régimen de Bosch”.
En la propia imposibilidad de que este proyecto pudiera convertirse en política práctica y dado que fue cortado de un tajo por las fuerzas de la derecha, internas y externas, se encuentra su fuerza mítica. “El hecho—dice la autora— de que el gobierno perredista de 1963 no tuviera tiempo de instaurar un régimen nacional popular hizo de ese modelo [...] un mito de gran fuerza. Esta abortada experiencia populista se quedó en el imaginario de la población dominicana como un mito, una aspiración sin cristalizar y no como un fracaso, hasta 1978, cuando el PRD, de regreso al poder, fracasó definitivamente en su tentativa de implantar semejante modelo”. ¿Qué implicaba el mito? Éste, responde Faxas, “unía las aspiraciones populares: deseo de integración económica, sentimiento nacional antiyanqui, democratización de la sociedad”. Esto es, en palabras de Wieviorka, “suprimir la distancia que separa al pueblo del poder”; y lo mítico le viene precisamente del intento de “conciliar lo que en la práctica es irreconciliable”.

Juan Bosch
En 1965, fuerzas populares combinadas con sectores militares descontentos, se levantan contra el gobierno de facto y originan unas de las páginas más dramáticas y ricas de la historia dominicana y latinoamericana: la revolución o guerra de abril, a la que la autora dedica tan sólo unos cuantos párrafos. Las fuerzas populares alcanzan un logro asombroso: derrotan a los cuerpos del orden (policía y ejército) y buscan reinstaurar la constitución boschista. Ante este hecho, y alegando el peligro “comunista”, el gobierno norteamericano envía tropas (42 mil marines) que ahogan el movimiento armado. Se pasó así de guerra civil a lucha por la soberanía nacional. Dos hechos marcan el desenlace: el regreso de Balaguer al poder (ese animal político siempre al acecho de una coyuntura favorable para hacerse del gobierno), con el apoyo de las fuerzas interventoras norteamericanas, que iniciará un doloroso período de dominio autoritario (los “12 años de Balaguer”) y, de nuevo, el reforzamiento en el imaginario popular del llamado mito populista.
La siguiente etapa se inicia con el retorno al poder del PRD en 1978. El análisis de este período y sus consecuencias es uno de los pasajes más logrados de la obra que nos ocupa. Laura Faxas nos muestra cómo la llegada del PRD al gobierno no implica la puesta en práctica de su proyecto. Falla en dar respuesta a las expectativas socioeconómicas de los sectores populares, es incapaz de dar contenido a una política de soberanía y, en lugar de abrir las puertas a la participación popular, se desatan en su seno fuertes luchas, así como conflictos entre los poderes del Estado (ejecutivo contra legislativo), todo ello acompañado de escándalos de corrupción y muestras de descomposición política.
Vino la reacción. En abril de 1984 (de nuevo abril) se produce una revuelta popular, con manifestaciones violentas que arrancan de los barrios altos de la capital y se extienden por el país, con expresiones desiguales. La respuesta es la represión policial y del ejército, con más de cien muertos, muchos heridos y centenares de detenidos. Para abreviar, recurro a la síntesis de la autora: “La revuelta popular de abril de 1984 es el acontecimiento simbólico que señala la ruptura de los lazos entre el PRD y los sectores sociales populares e intermedios cuyos intereses representaba el partido. También señala la nueva y definitiva puesta en entredicho de esa capacidad de integración imaginaria y mítica heredada por el PRD después de 1963 y 1965, así como el comienzo de una crisis del movimiento popular, el cual se encuentra enfrentado a sus propios límites, a saber, su incapacidad de promover cambios, de definirse como autor autónomo y de ejercer influencia sobre otras fuerzas sociales”. En pocas palabras: derrumbe del mito populista y salida a flote de las limitaciones del movimiento popular como instrumento de participación e influencia política frente al Estado. Adicionalmente, y de nuevo, las condiciones creadas por dicho levantamiento (aunada a otras circunstancias) permiten el regreso de Balaguer al gobierno en 1986.
En la tercera parte, se ofrece una amplia y detallada argumentación, sólidamente sustentada, que muestra la crónica fragmentación y las debilidades del movimiento popular, así como la capacidad del Estado para imponer sus políticas, con magros resultados para los intereses de las masas.
En suma, el libro contiene un marco analítico de gran riqueza teórica y empírica. ¿Tiene interés para los lectores de otros países latinoamericanos? Me parece que sí. En primer lugar, porque tanto los asuntos mismos, como las problemáticas teórico-políticas implicadas, rebasan la realidad dominicana. Son abundantes las cuestiones comprendidas en la obra que, ceteris paribus, aportan inspiración y pistas interesantes para aproximarse a procesos sociopolíticos similares en otros países del continente.
En segundo término, en varios aspectos, la obra es polémica y hasta atrevida en sus enfoques y formulaciones. No es conformista con el statu quo teórico: a menudo despliega propuestas que se apartan de los modelos analíticos establecidos en la literatura académica. Un ejemplo de ello es la negativa de la autora a interpretar el balaguerismo a partir del concepto de bonapartismo. Ella prefiere hablar de “ecuación”, y da razones para ello. Hablando en particular de los movimientos populares, el libro de Faxas es especialmente ejemplar para el estudio de procesos parecidos (motines, revueltas, rebeliones...) en otros países de nuestra región. Del caso de los “motines de hambre de 1984”, se desprenden estrategias analíticas interesantes (destacadamente, el rechazo de un enfoque reduccionista, y en especial economicista, que minimiza el papel de lo político y lo cultural, de la acción y de la subjetividad en la generación de las condiciones de las revueltas). El acercamiento a esta revuelta popular es en varios sentidos ejemplar y, por ello, transciende el mismo caso abordado.
Ahora bien, se puede plantear una pregunta crucial al respecto de una de las conclusiones centrales de esta obra. Esto es, ¿resulta aceptable la orientación general del ensayo, asentada en la construcción histórica del mito populista (el proyecto “popular-nacional”) y, especialmente, en su tesis del derrumbe y la muerte de dicho mito? No tengo problemas con la idea de la conversión del proyecto populista en un mito en el imaginario popular. Tampoco tendría mayor objeción a la interpretación de los hechos de mitad de los ochenta del siglo pasado como una “ruptura” que marca el inicio de una nueva etapa política. Incluso es aceptable hablar de la “crisis” que sufre el modelo populista, tal y como lo perfila la autora. Pero me asaltan dudas sobre a la afirmación, fuerte, de la “muerte” del mito con la implicación de su “definitiva” irrelevancia, y sin retorno, en aquella sociedad. El mito “roto” deviene en mito muerto.
Me pregunto si esta certeza no está influida por la coyuntura en que el cuadro analítico fue elaborado. Es un momento, no hay que olvidarlo, en que las tendencias mundiales que luego se harían populares bajo las denominaciones de
neoliberalismo y globalización irrumpen con una fuerza arrolladora, determinando no sólo las ideas (que impactaron el pensamiento primero de las élites y luego permearon el sentido común de las masas) sino también las prácticas políticas (especialmente de las élites gobernantes). Parecía que las metas comprendidas bajo el gran rótulo “populista” habían quedado superadas o eran ya inviables. Pero muy pronto brotaron en diversos puntos de la geografía latinoamericana proyectos que, en lo esencial y según las particularidades de cada país, respondían a las pulsaciones, símbolos y metas socioeconómicas y políticas que se atribuyen al elusivo y polisémico populismo. En esos casos, el mito que había estado como en hibernación, irrumpió de nuevo en el escenario.
En su sentido más preciso de proyecto popular-nacional, empapado de antiimperialismo (o afirmación de la soberanía), apelando a lo nacional, imbuido de reivindicaciones sociales, ansioso de abrir espacios a la participación política de las masas (más allá de la tradicional democracia representativa), etc., reapareció en diversos países latinoamericanos a finales de los ochentas, se reafirmó en los noventa y se convirtió en los primeros años del siglo XXI en poderosos movimientos populares que cristalizaron en gobiernos. Pienso, desde luego, en casos como Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, entre otros. Incluso se observa en México, con movimientos como el neocardenismo (Cuauhtémoc Cárdenas) y, más recientemente, el lopezobradorismo.
Estoy consciente de las incertidumbres y disputas, no sólo teóricas, que provoca la noción de populismo y de su abusivo uso político. Sabemos, para decirlo coloquialmente, que en las circunstancias latinoamericanas el término populismo lo mismo sirve para un barrido que para un fregado. Y que, frecuentemente, los que combaten cualquier posibilidad de cambio y ven en el consenso de Washington el alfa y omega de la economía y la sociedad políticamente correctas, golpean con el mazo del “populismo” cualquier proyecto que intente articular lo social y lo político en un marco nacional-popular, como expresión de un nuevo modelo en que se armonicen justicia y democracia. Se trata de un uso del término “populista” como arma de propaganda y combate político de las ideas y propuestas alternativas.
Lo que insinúo es que, tal vez, algunos de esos proyectos enmarcados como “populistas” tienen plena vigencia en las condiciones de nuestros países y que, en tal sentido, podría ser prematuro o apresurado decretar su muerte definitiva (incluso en términos de sus elaboraciones míticas) y prejuzgar sobre su fracaso inevitable. No sea que se aplique aquí la frase (atribuida al Juan Tenorio de Zorrilla, y más acertadamente a Juan Ruiz de Alarcón y Pierre Corneille), que dice: “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”. Creo advertir un matiz en ese sentido, en la frase situada al final de la obra. Observa la autora: “La situación, ciertamente, sigue abierta”. Y en esa apertura, me parece, cabe la posibilidad de un renacimiento del proyecto popular-nacional, sin duda en nuevas circunstancias, incluso como mito impulsor, como “utopía histórica”, a la manera en que la esbozó Gramsci.
Lo dicho no menoscaba en lo más mínimo la calidad y la pertinencia del libro
El mito roto... Todo lo contrario, pone de manifiesto el valor de una obra que cumple con el propósito fundamental de abordar los temas sin concesiones, corriendo riesgos en el planteamiento de nuevos enfoques y abriendo el camino para el desarrollo del debate y la reflexión, incluso más allá de su particular objeto de estudio. Eso es lo que hace el trabajo de Laura Faxas. Y lo hace estupendamente bien. Su lectura es muy recomendable. Y a eso los invito.
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Laura Faxas, El mito roto. Sistema político y movimiento popular en la República Dominicana, 1961-1990, Siglo XXI Editores/FLACSO/Fundación Global Democracia y Desarrollo, México, 2007.

Violencia y exclusión social



Densificación social y globalidad

Héctor Díaz-Polanco

El libro de Sergio Zermeño La desmodernidad mexicana y las alternativas a la violencia y a la exclusión en nuestros días, es una obra atractiva y desafiante, colocada en el centro mismo de los grandes problemas generados o reforzados por la imposición del modelo neoliberal en las dos últimas décadas. Constituye la continuación, y quizás el remate, de la línea de trabajo desarrollada por el autor en otro libro (La sociedad derrotada, el desorden mexicano de fin de siglo, publicado por Siglo XXI Editores en 1996) que, como lo revela su título, estudia la desarticulación del tejido social que ya para entonces se observaba, así como sus secuelas de pobreza y degradación del entorno social.
En La desmodernidad mexicana, el autor da un doble paso adelante. Primero, completa y en cierto sentido perfecciona su visión del “desorden” o desajuste social que sufre México, aportando una cantidad abrumadora de nuevos datos sobre el desastre que resulta de la gradual profundización de la lógica inherente a la globalización subordinada. El cuadro es tremebundo y desolador. A primera vista, uno podría pensar que el pesimismo de Zermeño se agudizó en los últimos años. Pero bien vistas las cosas, lo que resulta evidente es que el panorama que nos ofrece de los déficit de todo tipo acumulados en los dos últimos lustros (sociales, económicos, ecológicos, etcétera) responde al hecho comprobable de que los problemas, sintetizados en la noción de “anomia social”, se han agravado dramáticamente. Así, pues, si Zermeño es un pesimista, sólo lo es en el sentido de ser un optimista bien enterado.
Esto se comprueba al atender al segundo paso que entraña el libro. El autor no sólo dedica buena parte de la obra a proponer y dar sustento a lo que podemos calificar como su tesis central, a saber, que es posible desarrollar una “ingeniería social”, apoyada en “técnicas” (particularmente, a la manera de la “intervención sociológica”, recomendada por su maestro Alain Touraine), sino que además nos entrega extensos informes acerca de las experiencias, realizadas en los últimos años por el propio autor y sus colaboradores del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, que se derivan de los intentos prácticos, en el terreno, de impulsar la participación ciudadana y la organización civil (comités civiles) procurando con ello promover lo que llama la “densificación social”. La creencia del autor de que se puede y se debe intentar la consecución de esto último (la densificación), pese a los embates fragmentadores y desintegradores de lo social que provoca el neoliberalismo globalizante, constituye la base de una visión a fin de cuentas optimista. En primera instancia, el punto no es tanto compartir esta confianza, como examinar racional y políticamente la viabilidad y la propia sustentabilidad social de la ruta propuesta por el autor, en contraste con otras que se ensayaron en el pasado (algunas de las cuales todavía están vivas) o que se exploran en el presente. Y aquí radica la novedad y el gran atractivo de este libro de Zermeño.
Antes de seguir adelante, conviene examinar el entramado de la obra. Compuesta por cinco capítulos y unas conclusiones, La desmodernidad mexicana se desarrolla en tres momentos. En el primero (compuesto por tres capítulos), el autor arranca de un examen crítico de los enfoques sobre modernidad y modernización (el autor se coloca al margen de los debates sobre la postmodernidad y las tesis sobre lo postnacional), muestra las que a su juicio son las debilidades de los caminos trazados y perfila su propio orientación. Básicamente, advierte que el rumbo tomado por países como México no lo conduce hacia la modernidad, sino hacia la “desmodernidad” y la consecuente anomia social.

¿Cuál es la principal fuerza que, en los últimos lustros, empuja el país en esa dirección? El autor no tiene dudas al respecto: el modelo neoliberal y la nueva fase de economía abierta que promueve. “La economía abierta es el enemigo de nuestro tiempo” se titula sintomáticamente el segundo capítulo del libro. Para mostrarlo, Zermeño nos conduce por el laberinto de nuestras carencias sociales, de la dependencia y nuestros propios desatinos económicos, de las deformaciones políticas e institucionales que son a la vez efecto y causa de nuestros males, de los círculos viciosos y las prácticas degradantes que refuerzan todo lo anterior. El recorrido, como un viaje dantesco por los círculos del infierno, incluye la política aplicada en el campo (o la falta de ella), que ha llevado a la economía rural y los campesinos a la actual situación extrema; el atroz manejo de los recursos petrolíferos; la cada vez mayor dependencia de las remesas de nuestros migrantes en el país del norte; el impacto devastador de la maquila por lo que hace a las condiciones de trabajo (el 40% de la fuerza laboral manufacturera se encuentra atrapada en este abismo de incertidumbre, bajos salarios y jornadas extenuantes) y a sus negativos efectos socioeconómicos; el crecimiento del narcotráfico como otra de las actividades “informales” que adquieren cada vez más peso en la sociedad y la economía de un país deformado hasta el horror por la violencia, y, como consecuencia y remate de todo ello, el desarrollo incontenible de la informalidad económica, la destrucción desenfrenada de recursos no renovables y la devastación del medio ambiente, lo que a su vez profundiza el desorden social...
Pero el autor no se deja abatir por este cuadro un tanto apocalíptico, pues de inmediato en el capítulo tercero acomete la tarea de dibujar el horizonte de los medios alternativos para atacar esas calamidades e iniciar lo que llama “un camino posible”. ¿Cómo y desde dónde? Eso es lo que intenta responder allí. Volveremos sobre ello.
El segundo gran momento del libro es el de la información acerca de los casos, sobre todo del Distrito Federal y específicamente de la parte sur, que se aportan como materia prima para reflexionar sobre las posibilidades de pasar a la acción y revertir las actuales tendencias. Buena parte de los casos no son meros estudios, sino testimonios minuciosos sobre diversas experiencias de “intervención sociológica” con los propios actores, los comités vecinales principalmente, sus esfuerzos organizativos, las dificultades y los logros alcanzados en territorialidades o espacios definidos, con gente de carne y hueso. Se trata de una información con la consistencia de lo concreto y la palpitante fuerza de lo vivo. Este extenso capítulo cuarto, para mi gusto, es el segmento central de la obra, porque está cargado de enseñanzas y, además, resulta muy estimulante sobre todo por las preguntas que suscita, lo que a menudo es la principal virtud de un buen libro.
Después de este interludio sobre las experiencias concretas, en la tercera parte el autor vuelve sobre la reflexión teórico-política en un capítulo sobre la cultura estatal mexicana y en las conclusiones. Aquí reaparecer la preocupación del autor, casi una obsesión, en torno a las razones que explican lo que llama “la fascinación por el vértice” y el culto del tlatoani en la sociedad mexicana.
Demos un vistazo ahora a un conjunto de planteamientos centrales del libro. El énfasis del autor está puesto en el enfoque sociológico de los problemas. Incluso las cuestiones que habitualmente se abordan desde la economía, Zermeño prefiere enfocarlas desde lo que denomina “una sociología de la economía”, lo que implica acentuar “la noción de densificación de lo social como referente ético central” frente “al referente central del liberalismo: la competitividad en economías abiertas.” A su vez, la densificación es “contrastada y complementada con la referencia a la dilución, entendida como anomia, como enfermedad social”, que según el autor “es un concepto mucho más complejo que el de pobreza”. De ese análisis sociológico de lo económico el autor desprende que “nos encontramos ante un panorama bastante trágico: adoptamos un modelo de desarrollo que sacrificó claramente la densidad, la salud social, en aras de una dinámica que debió haber generado una significativa riqueza material (que se redistribuiría en el largo plazo), pero después de veinte años nos encontramos con una realidad en la que la creación de esa riqueza material se fuga, cuando existe, al tiempo que se adelgaza, se diluye la riqueza social: un fracaso por partida doble...”
¿Hay salida, alguna fórmula de reconstrucción? El autor cree firmemente que sí. Pero la precondición es abandonar el evolucionismo y el economicismo dominantes, y sus tópicos de competitividad, medición y “elección racional” (racional choice), para en cambio ir hacia lo social. El camino de la reconstrucción “depende de la generación de colectivos sociales en espacios intermedios, entornos manejables para los seres sociales no profesionalizados: la autonomía regional, la democracia participativa, la organización vecinal; colectivos empoderados en el plano social, capaces de entablar relaciones de igualdad y respeto hacia las fuerzas que vienen de su exterior [...] y capaces de entablar también, en su interior, relaciones de respeto y equidad entre los actores que componen esos espacios intermedios en empoderamiento (mitigando la dominación y la explotación salvajes en el interior de la familia, la comunidad, la localidad, la región)”. De ninguna manera se trata de la filantropía dedicada a encarar la pobreza y atender a los pobres, “sino de descubrir los complejísimos mecanismos y órdenes imaginables (y de la experiencia pasada) que puedan reconstruir a lo social-colectivo-local-regional y, desde ahí, hacer frente y corregir las situaciones de inequidad y anomia”. Esta tarea no puede ser dejada a la improvisación y el tanteo: “requiere un alto grado de producción intelectual sistemática”, pero también de “experimentación”. Teoría y práctica, pues. Para ello, Zermeño se propone “el proyecto de llevar adelante una ingeniería y una moral reconstructivas de las potencialidades de la sociedad civil, una sociología que reconstruya material, anímica y axiológicamente a lo social desde lo social mismo”. En varios pasajes, insiste en el obstáculo de que habitualmente prime lo político sobre lo social. Sin duda, tareas formidables las que proyecta nuestro autor.
Hay aquí muchos puntos a discutir y a contrastar con la experiencia pasada y en curso. El enfoque de Zermeño desafía —descontando las duras críticas al neoliberalismo que compartimos—, otras visiones y planteamientos que están bien asentados entre nosotros. Para empezar, sostiene que es posible emprender la mencionada reconstrucción, a partir de ingenierías y “técnicas”, no sólo pese al neoliberalismo imperante, sino en sus propias narices, y que ello se puede hacer con éxito. Esto, desde luego, provocará muchas reacciones y argumentos en contra. Como es sabido, son legiones los que piensan que no es posible intentar siquiera procesos de cambio en cualquier nivel sin el presupuesto de romper el espinazo al modelo neoliberal, deteniendo en seco sus efectos perniciosos. O al menos sostienen que los esfuerzos deben concentrarse de manera privilegiada hacia ese fin. Hasta donde alcanzo a entender, Zermeño no piensa así. Al contrario, critica la idea de acumulación de fuerza política que, una vez alcanzada (aunque nadie sabe cuál es el rango requerido), podrá ser utilizada por el sujeto o los sujetos sociales para procurar sus metas transformadoras. Zermeño apuesta a los actores, más que a los sujetos. Critica asimismo las perspectivas centradas en lo global, que descuidan o de plano ignoran lo local (y por ello mismo, su fuerza y sus potencialidades). En este sentido, descree del “altermundismo”, al menos como se ha practicado hasta ahora.
Quedan en el aire, para la reflexión y el debate, muchas preguntas: ¿En verdad hay salidas en el marco de un sistema de dominación y explotación como el vigente, sin anteponerle un proyecto político que ponga en cuestión la lógica de aquél? Como quedó asentado antes, el autor cree que se puede “mitigar” la dominación y la explotación. ¿Cómo podría lograrse esto, sin que termine significando atenuar algunos efectos del sistema, dosificando sus impactos, lo que nos acercaría a la idea que pregonan algunos de “humanizar” la globalización y hacer más benigno el neoliberalismo?
Uno no puede sino simpatizar con la idea del autor en el sentido de que la acción (sociológica y, agrego, de otro tipo) no puede ser aplazada o diluida en un vago proyecto antiglobal o altermundista. Seguramente, de las acciones que nos propone derivarán experiencias, conocimientos y enfoques valiosos precisamente para imaginar las prescripciones que permitan socavar el actual régimen neoliberal y finalmente cambiarlo por otra cosa. Pero no me queda claro que dichas experiencias puedan alcanzar el potencial que nos anuncia sin que ellas mismas estén enmarcadas en una (o varias) estrategias políticas de mayor alcance. En este sentido, quizás habría que pensar más en la necesidad de que lo social esté no sólo complementado, sino encuadrado en lo político. De otra manera, es alto el riesgo de que tejamos y construyamos densidad, identidad, sedimentemos lo social, busquemos el balance y la sustentabilidad desde abajo, como aconseja Sergio, mientras simultáneamente la lógica del sistema desde arriba y desde todos lados desteja, fragmente y desordene el campo cubierto, y así hasta el infinito.
No es casual que en sus conclusiones el autor advierta que “los impactos desordenadores del nuevo panorama mundial y sus implicaciones sobre la densidad de lo social, tienen una severidad mucho mayor en el caso de nuestro país [en especial por nuestra particular situación geopolítica]. Así, no es nada más nuestra herencia lo que nos genera un déficit de sociedad, sino el perverso círculo vicioso de la dominación imperial...” ¿Es posible solventar y revertir ese déficit en el marco de la dominación imperial, operando sólo desde lo “social-local”? Aunque la interrogación se puede reformular también a favor del punto de vista de Zermeño: ¿Será posible encaminarnos hacia la superación de la situación presente sin acumular el conocimiento y la experiencia sobre la construcción de lo colectivo, sin impulsar la fortaleza de lo social que el autor sugiere? El punto es que se pueden aceptar estos imperativos, sin renunciar ni dejar de lado las articulaciones políticas que les den sentido y eficacia.
Son, como dije, algunas de las muchas cuestiones que nos despierta el libro y hacen de éste un interesante trabajo sociológico que seguramente provocará debates intensos y dejará huella. La desmodernidad mexicana es, en suma, una obra bien escrita, cargada de estimulantes ideas, en varios sentidos desafiante. Un texto para la reflexión, y eventualmente para normar la acción, que es lo que más urgentemente necesitamos.

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Sergio Zermeño, La desmodernidad mexicana y las alternativas a la violencia y a la exclusión en nuestros días, Editorial Océano, México, 2005, 359 pp.