Héctor Díaz Polanco

Díaz-Polanco, Héctor

An anthropologist and sociologist, is also a research professor of the Center for Research and Higher Education in Social Anthropology (CIESAS) of Mexico. He is renowned as an essayist on the subject of identity, autonomies, and political movements. He has published over 240 texts within his field of specialization, including 20 books as sole author and around 70 as co-author. He has acted as a consultant to the FAO (UN) on indigenous themes; the Nicaraguan government on the design of autonomies (1984-1990); the Zapatista Army for National Liberation (EZLN) during the San Andrés negotiations (1995-1996); and the Autonomous and Country Design Commissions of the National Constitutional Assembly of Bolivia (2007). He has won the International Essay Prize (under the auspices of Siglo XXI Editors, the UNAM and the University of Sinaloa), in 2005; and the Essay Prize of Casa de las Américas (Cuba) in 2008. Among others, Siglo XXI has published his works The Zapatista Rebellion and Autonomy (1997) and In Praise of Diversity: Globalization, multiculturalism and ethnophagia (2006).

miércoles, 22 de octubre de 2008

Los límites sociales y naturales del capital

El hombre de hierro de Armando Bartra

Héctor Díaz-Polanco


El hombre de hierro. Los límites sociales y naturales del capital, de Armando Bartra, es un libro que dará mucho de qué hablar y mucho sobre qué reflexionar en los próximos años. Se trata de una obra de madurez, meditada, expuesta en sus múltiples pliegues con la maestría que dan los años y la experiencia de un pensador mexicano que ya no se cuece al primer hervor ni al primer fervor.
Es un texto complejo, pero límpido en sus ideas centrales y en sus argumentaciones. Sin duda es un libro con aristas filosóficas, que no rehúsa las formulaciones de cuestiones a veces complejas. Sin embargo, no hay en él oscuridades. Por el contrario, se trata de un trabajo claridoso, directo, que va al grano de los desafíos que enfrenta la humanidad ante el monstruo sistémico y global: el que resume la feliz expresión de “hombre de hierro”.
Puede leerse en la dirección acostumbrada y de un tirón. Es lo aconsejable. Pero también se puede sacar provecho de la lectura puntual de determinados capítulos, caracterizados por su redondez. En todo caso, es recomendable leerlo despacio, saboreando el condimento de su fraseo.
Porque una de las características notables de este libro, aparte de su contenido (desde luego) es la forma: quiero decir, el “estilo” que le imprime el autor. Armando Bartra ha ido construyendo una escritura propia, peculiar, que aprovecha la potencia expresiva del habla popular mexicana. Esto, me parece, hace no sólo más placentera la lectura, sino que la convierte en una exploración de nuevas significaciones que brotan de las iluminaciones del lenguaje.
La obra está emparentada con una anterior del mismo autor. Me refiero a
El capital en su laberinto. De la renta de la tierra a la renta de la vida (2007), en la que se abordaron los nuevos peligros y las amenazas que derivaban de las andanzas del capital por los caminos del control de la vida, en su afán de estandarizar, homogenizar, controlar, acicateado por su histórica obsesión: el lucro, la obtención de máxima ganancia, sin importar el costo social y ecológico.
Arm
ando recordaba entonces, con peculiar lenguaje, que “desde chico” el capitalismo estuvo obsesionado por el “emparejamiento” en el campo, con lo que engendró rentas agrícolas (absoluta y diferencial). Pero este sueño decimonónico del capitalismo sólo se vino a realizar a fines del siglo XX, “cuando, al descifrar el germoplasma, la biotecnología creyó haberse apropiado—ahora sí—de las fuerzas productivas de la vida, que en adelante podrían ser aisladas y reproducidas, intervenidas y, sobre todo, patentadas” (373).
El gran dinero andaba de fiesta, escribió Bartra. Pues ahora, “la nueva productividad” dependería “cada vez menos de la heterogeneidad agroecológica, de modo que, al irse independizando los rendimientos de condiciones naturales diversas y escasas, menguan también las rentas diferenciales, sobrepago que en el pasado pervirtieron el reparto del excedente económico y que hacían necesario apelar al Estado y los campesinos como alternativa al indeseable y costoso monopolio agrícola privado”.
Pero aquí estaba la “paradoja” (y el potencial drama humano): “la tendencial extinción de la vieja renta de la tierra” coincidía “con el debut de la flamante renta de la vida.” Y es que con las “alambradas” genómicas que ahora tendía el capital, se trataba de monopolizar “un bien infinitamente más rentable que la tierra del que dependen la agricultura, la farmacéutica, los cosméticos y una porción creciente de la expansiva industria química”. Ahora el capital se proponía lo mismo controlar la diversidad biológica que, como intenta hacerlo desesperadamente de un tiempo a esta parte, la diversidad sociocultural (incluyendo el control sobre esa realidad esquiva que los antropólogos han estudiado desde los albores de la disciplina: las identidades étnicas, cuestión que estudié en mi último libro Elogio de la diversidad).
Bartra nos advertía entonces contra el “riesgo enorme” de dejar en manos de un puñado de transnacionales una cuestión tan esencial. Uno de esos riesgos era que “habiendo bancos de germoplasma ‘ex situ’ ya no importa[ba] arrasar bosques, selvas y policultivos para establecer vertiginosas plantaciones especializadas, ni preocupa[ba] que el genoma silvestre o históricamente domesticado se contamin[ase] de transgénicos...” Nos jugábamos el pellejo, advertía el autor: las “industrias de la vida” del capital son, en verdad, “industrias de la muerte.” Así quedaba configurada la gran problemática de nuestro tiempo, esto es, “la contradicción entre la uniformidad tecnológica, económica y social que demanda el orden del mercado absoluto [por una parte] y la insoslayable diversidad biológica, productiva y societaria consustancial a la naturaleza y al hombre... [por otra]”.
Era la síntesis de todo un programa de investigación que reclamaba su desarrollo, y que requería ampliarlo a sus múltiples vertientes y sus implicaciones globales. Esto es lo que ha intentado Bartra en su siguiente obra, la que nos ocupa, como la consecuente aproximación a algunas de las cuestiones cruciales que brotan en El laberinto... En El hombre de hierro, hay un despliegue ampliado, con una perspectiva global vigorizada.
En síntesis, se trata de analizar las inclinaciones, las pulsaciones, las obsesiones uniformadoras de lo que el autor llama el “sistema del mercantilismo absoluto”, y de las consecuencias de todo tipo (sociales, culturales, ecológicas, políticas, etc.) que resultan de su accionar obcecado.
El monstruo ya no es el Estado-nación, “sino la bestia global”. El nuevo “ogro desalmado es el capitalismo planetario y rapaz del nuevo siglo: un sistema predador, torpe y fiero; un orden antropófago; un imperio desmesurado que, como nunca, espanta: un asesino serial con arsenales nucleares”. Es una bestia sistémica que resulta más feroz en la medida en que fracasa en la persecución de sus fines, pues también ella persigue utopías irrealizables, alcanzar metas que resultan imposibles porque se enfrentan a límites y resistencias. Esos límites se resumen en la heterogeneidad, la diversidad y el pluralismo. Así, mientras en el siglo XIX “el planeta parecía encaminarse a la homogeneidad”, en cambio “en el XXI es patente que [...] la diversidad está aquí para quedarse. Por fortuna” (23). El capitalismo busca afanosamente carcomer la biodiversidad y barrer “con los pluralismos étnicos y culturales no domesticables”. Y es allí donde el autor ve los límites (sociales y naturales) del capital y, por tanto, donde se sitúan los puntos estratégicos de una resistencia creativa a dicho sistema.
Y es que tales límites parecen infranqueables. Pero no pueden dejarse a merced de sus efectos automáticos. Requieren de acciones conscientes, de sujetos que actúan con una direccionalidad y, en la medida de lo posible, con un plan diseñado al efecto (aunque no puedan predeterminarse todos sus detalles). Pues aunque el mercantilismo se enfrente a esos límites insalvables, en el trance de su búsqueda ciega del lucro, podría (aún sin alcanzar sus propósitos uniformadores) destruir las condiciones de reproducción humana en el planeta. Quizás no podría nunca uniformizar el mundo a su imagen y según sus propósitos; pero podría destruirlo. La visión de esta eventualidad terrible es un elemento subyacente en el análisis de Bartra. Y es por eso que agrega: “Así, quienes siempre reivindicamos la igualdad debemos propugnar por el reconocimiento de las diferencias”. No de cualquiera: “No los particularismos exasperados que babelizan las sociedades, no las identidades presuntamente originarias, inmutables, esencialistas y excluyentes. La diversidad virtuosa y posglobal es la pluralidad entre pares, la que construye a partir de la universalidad como sustrato común” (24). La uniformidad mercantilista es irrealizable porque se enfrenta a la heterogeneidad “técnica, socioeconómica y cultural” que establece el límite del capitalismo en dos sentidos: “como contradicción estructural”, pero también como “germen de una socialidad y una economía otras”.
La nueva subjetividad que construye esta nueva socialidad (así como las nuevas relaciones económicas) no es globalifóbica, sino globalicrítica, es altermundista. En cambio, el imperio, sus organismos multilaterales, sus transnacionales, son globalifágicos, “glotones irredentos”. Vale decir que lo suyo “no es amor por la globalidad sino hambre insaciable de acumulación planetaria”. Frente a esto, el autor imagina una nueva Arcadia que no es el “viejo socialismo” ni un orden absoluto y definitivo, “sino mundos colindantes, entreverados, sobrepuestos, paralelos, sucesivos, alternantes...” Ya no más las utopías siempre posdatadas, que sólo tienen que ver con el futuro, pero no con el presente. Lo que necesitamos, dice, es “proyectos que fertilicen el presente, lazos al futuro que le den sentido al aquí y al ahora” (33).

Bartra da un salto —en parte apoyado en Marx y sin obviar las críticas a sus devaneos tecnologicistas— por lo que hace a la evaluación de la tecnología y su papel histórico. Como se sabe, una tradición en la izquierda, depositó en el desarrollo tecnológico esperanzas desaforadas, fundadas en una peculiar idea sobre el desarrollo de las fuerzas productivas. Partiendo de la experiencia de los luddistas y de la premonición contenida en la obra Frankenstein de Mary Shelley, entre otras fuentes, el autor asume el siguiente aserto: “las máquinas engendran monstruos”. Los luddistas entran a la historia como reaccionarios. Bartra, en cambio, asume la idea de Marx de que en la acción de esos desesperados que destruían máquinas (de esos “maquinófobos”) se encontraba la primera intuición de los efectos expansivos del hombre de hierro como opuesto al hombre de carne y hueso.
Pero Bartra no cree que la radicalidad consista en desviar los ataques, pasando de las arremetidas contra las máquinas (y en general, la tecnología como construcción de autómatas y de uniformidades) a los embates contra la forma social de explotación de los capitalistas, como quedó establecido en la izquierda marxista tradicional. Se trata, dice, “de articular un cuestionamiento integral —o ‘real’— del mercantilismo absoluto que incluya tanto su contenido material como su forma económica. En esta perspectiva el ecologismo radical y otras modalidades recientes del pensamiento crítico representan una especie de negación de la negación que recupera, trascendiéndolo, el núcleo racional del luddismo. Una suerte de ‘luddismo científico’ que, sin desconocerlo, va más allá del viejo ‘luddismo utópico’”. (40-41).
Al análisis del monstruo de hierro en sus múltiples manifestaciones dedica el autor uno de los capítulos más ricos y estimulantes de su ensayo: el monstruo agreste del emparejamiento rural, que más bien cosechó revoluciones campesinas; el apocalíptico que crea “cosas” (bombas, etc.) que amenazan y que, en palabras de Thompson, convierten el exterminio no en una cuestión de “clases”, sino en una cuestión de “especie”; el de los confines, al que dedicó páginas brillantes el antillano (martiniqueño para más señas, que no africano como supone el autor, aunque casi) Frantz Fanon a mediados del siglo pasado, prefigurando el “colonialismo interno” como otra expresión de la dominación en otros confines; el interior, que procura interiorizar el aparato, hacer también subjetiva, íntima, la alienación, con lo que, según la formulación de Marcuse, la libertad se convierte en “una forma de poder”; el ilustrado, que cambia el carácter de los llamados “bienes culturales” y busca que “los productos del espíritu” ya no sean “también mercancías”, sino que lo sean “íntegramente” (Adorno), y que “el hombre de hierro mediático”, dice Bartra, pase de ser “el autómata audiovisual que nos entretiene a ser también el autócrata electrónico que nos gobierna” (56); el electrodoméstico, el “hombre de hierro hogareño que, a la postre, resulta tan opresivo y siniestro como el fabril”; el “habitado” que aplica la tecnología del capital a la ciudad, que también funciona como fábrica, “la inclemente máquina de vivir”; el insostenible, ecocida, el de los transgénicos, el de la destrucción de la vida; el binario, patentador de ideas, monopolizador de datos, de metodologías, el de las “bardas virtuales” y “los alambres de púas digitales”, que lleva a “una crisis de la ecología intelectual semejante a la catástrofe ambiental que provocan sus torpes modos de intervenir en la naturaleza” (68).
Frente a estos monstruos (o mejor: frente a las diversas manifestaciones del mismo monstruo mercantilista, autorregulado, que, según lo sintetizó Polanyi, produjo la “gran transformación” a cuyos efectos nos enfrentamos hoy, ya al borde del abismo) el autor observa a una multiplicidad de sujetos que luchan y lo combaten: “la necesidad de trascender el reduccionismo clasista como clave del conflicto social se evidencia en el hecho de que la relación económica capital-trabajo es unidimensional, mientras que la contradicción entre el mercantilismo absoluto y el binomio hombre-naturaleza es polimorfa”.
Al gran dinero, dice Bartra, lo anima una “compulsión omnifágica”; pero “se le atragantan muchas golosinas, en especial el hombre y la naturaleza, factores de la producción insoslayables pero tercamente irreductibles a la reproducción mercantil” (71). El capitalismo “quiere devorarlo todo pero le hace daño”.
“Así las cosas —concluye el autor— el revire de los luddistas, que más que irse contra la plusvalía la emprendían a marrazos contra máquinas y fábricas, resulta paradigmático de la lucha contra el monstruo polimorfo, de la resistencia del ‘hombre de carne y hueso’ al acoso del hombre de hierro”.
Es un ensayo que debe leerse con atención.

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Armando Bartra, El hombre de hierro. Los límites sociales y naturales del capital, UACM/UAM/Editorial Itaca, México, 2008.

Lo nacional-popular en el Caribe

El mito roto
Política y movimientos en República Dominicana


Héctor Díaz-Polanco


La obra de Laura Faxas, El mito roto. Sistema político y movimiento popular en la República Dominicana, 1961-1990, es el detallado fresco de los procesos políticos, económicos y sociales en aquel país caribeño, elaborado desde la perspectiva del movimiento popular y sus avatares. Abarca tres décadas decisivas. Allí se despliega el análisis de este interesante libro, aunque en los primeros capítulos se ofrece un contexto histórico, muy útil para los no iniciados, que se remonta a las dificultades y límites de una nación en construcción, a partir del logro de la independencia frente a Haití en 1844, pasando por las vicisitudes de los alzamientos, la inestabilidad institucional con frecuentes asonadas y caídas de gobiernos, la intervención militar norteamericana (un factor fundamental en el área del Caribe), hasta desembocar en la dictadura trujillista que se enseñoreó sobre la sociedad dominicana durante treinta años: 1930-1961.
El dictador, Rafael Leónidas Trujillo Molina, quien en los últimos años de su dominio había reñido con ciertos intereses norteamericanos, fue emboscado y ejecutado por miembros de las clases altas, instigados por la Agencia Central de Inteligencia. Se desató una grave crisis política. Joaquín Balaguer, intelectual al servicio de Trujillo, fracasa en su intento de dar continuidad al régimen y convertirse en la nueva figura política dominante, por lo que tiene que entregar el control del gobierno a un consejo de Estado integrado por figuras de la oligarquía y abandonar el país. La crisis se dirime finalmente en las elecciones de 1962, en la que Juan Bosch, líder del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), con el destacado apoyo del campesinado, resulta triunfador. Bosch intenta poner en práctica un proyecto de modernización política y económica, con fuerte énfasis en la justicia social. Bajo el fuego cruzado de los empresarios, la iglesia católica y poderosos grupos norteamericanos que financiaron las acciones de la oposición, siete meses después (septiembre de 1963) el gobierno de Bosch es derribado por un golpe militar. Están en escena ya dos líderes o caudillos que marcarán la vida dominicana durante décadas: Balaguer y Bosch.
Aquí arranca el fenómeno político que constituye uno de los hilos conductores de la obra de Faxas: el nacimiento de lo que llama “el mito populista” en la República Dominicana, cimentado en torno al PRD. El análisis de las circunstancias en que el PRD se convierte en fuerza política, logra el triunfo electoral y, después del golpe de Estado, da nacimiento en el imaginario popular al mito del “encuentro del pueblo-nación”, constituye el punto de partida de la obra. Dibujando un arco temporal que se extiende por veinte años, el estudio llega a un punto culminante con las revueltas populares de 1984, irónicamente contra el gobierno del PRD, que según el punto de vista de la autora marca el fin o la muerte del mencionado mito populista.
El mito derivó del fracaso de la primera tentativa democrática y, paradójicamente, se alimentó de aquel revés. Como lo recuerda la autora, “Bosch luchó por la constitución de un Estado de derecho, por el respeto a las minorías—incluyendo a los comunitas— y por la defensa de las libertades públicas para todos”. Asimismo, promovió la modernización económica y defendió los intereses nacionales frente a las empresas extrajeras. Buscó institucionalizar cambios fundamentales, mediante una nueva constitución que incluía el derecho de huelga, la participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas, la reforma agraria para abolir los latifundios, los precios de garantías para los campesinos, entre otras medidas democráticas. Ciertamente, dicha constitución (cuya aplicación fue impedida por el golpe militar) “sintetizaba la auténtica naturaleza nacional-popular del régimen de Bosch”.
En la propia imposibilidad de que este proyecto pudiera convertirse en política práctica y dado que fue cortado de un tajo por las fuerzas de la derecha, internas y externas, se encuentra su fuerza mítica. “El hecho—dice la autora— de que el gobierno perredista de 1963 no tuviera tiempo de instaurar un régimen nacional popular hizo de ese modelo [...] un mito de gran fuerza. Esta abortada experiencia populista se quedó en el imaginario de la población dominicana como un mito, una aspiración sin cristalizar y no como un fracaso, hasta 1978, cuando el PRD, de regreso al poder, fracasó definitivamente en su tentativa de implantar semejante modelo”. ¿Qué implicaba el mito? Éste, responde Faxas, “unía las aspiraciones populares: deseo de integración económica, sentimiento nacional antiyanqui, democratización de la sociedad”. Esto es, en palabras de Wieviorka, “suprimir la distancia que separa al pueblo del poder”; y lo mítico le viene precisamente del intento de “conciliar lo que en la práctica es irreconciliable”.

Juan Bosch
En 1965, fuerzas populares combinadas con sectores militares descontentos, se levantan contra el gobierno de facto y originan unas de las páginas más dramáticas y ricas de la historia dominicana y latinoamericana: la revolución o guerra de abril, a la que la autora dedica tan sólo unos cuantos párrafos. Las fuerzas populares alcanzan un logro asombroso: derrotan a los cuerpos del orden (policía y ejército) y buscan reinstaurar la constitución boschista. Ante este hecho, y alegando el peligro “comunista”, el gobierno norteamericano envía tropas (42 mil marines) que ahogan el movimiento armado. Se pasó así de guerra civil a lucha por la soberanía nacional. Dos hechos marcan el desenlace: el regreso de Balaguer al poder (ese animal político siempre al acecho de una coyuntura favorable para hacerse del gobierno), con el apoyo de las fuerzas interventoras norteamericanas, que iniciará un doloroso período de dominio autoritario (los “12 años de Balaguer”) y, de nuevo, el reforzamiento en el imaginario popular del llamado mito populista.
La siguiente etapa se inicia con el retorno al poder del PRD en 1978. El análisis de este período y sus consecuencias es uno de los pasajes más logrados de la obra que nos ocupa. Laura Faxas nos muestra cómo la llegada del PRD al gobierno no implica la puesta en práctica de su proyecto. Falla en dar respuesta a las expectativas socioeconómicas de los sectores populares, es incapaz de dar contenido a una política de soberanía y, en lugar de abrir las puertas a la participación popular, se desatan en su seno fuertes luchas, así como conflictos entre los poderes del Estado (ejecutivo contra legislativo), todo ello acompañado de escándalos de corrupción y muestras de descomposición política.
Vino la reacción. En abril de 1984 (de nuevo abril) se produce una revuelta popular, con manifestaciones violentas que arrancan de los barrios altos de la capital y se extienden por el país, con expresiones desiguales. La respuesta es la represión policial y del ejército, con más de cien muertos, muchos heridos y centenares de detenidos. Para abreviar, recurro a la síntesis de la autora: “La revuelta popular de abril de 1984 es el acontecimiento simbólico que señala la ruptura de los lazos entre el PRD y los sectores sociales populares e intermedios cuyos intereses representaba el partido. También señala la nueva y definitiva puesta en entredicho de esa capacidad de integración imaginaria y mítica heredada por el PRD después de 1963 y 1965, así como el comienzo de una crisis del movimiento popular, el cual se encuentra enfrentado a sus propios límites, a saber, su incapacidad de promover cambios, de definirse como autor autónomo y de ejercer influencia sobre otras fuerzas sociales”. En pocas palabras: derrumbe del mito populista y salida a flote de las limitaciones del movimiento popular como instrumento de participación e influencia política frente al Estado. Adicionalmente, y de nuevo, las condiciones creadas por dicho levantamiento (aunada a otras circunstancias) permiten el regreso de Balaguer al gobierno en 1986.
En la tercera parte, se ofrece una amplia y detallada argumentación, sólidamente sustentada, que muestra la crónica fragmentación y las debilidades del movimiento popular, así como la capacidad del Estado para imponer sus políticas, con magros resultados para los intereses de las masas.
En suma, el libro contiene un marco analítico de gran riqueza teórica y empírica. ¿Tiene interés para los lectores de otros países latinoamericanos? Me parece que sí. En primer lugar, porque tanto los asuntos mismos, como las problemáticas teórico-políticas implicadas, rebasan la realidad dominicana. Son abundantes las cuestiones comprendidas en la obra que, ceteris paribus, aportan inspiración y pistas interesantes para aproximarse a procesos sociopolíticos similares en otros países del continente.
En segundo término, en varios aspectos, la obra es polémica y hasta atrevida en sus enfoques y formulaciones. No es conformista con el statu quo teórico: a menudo despliega propuestas que se apartan de los modelos analíticos establecidos en la literatura académica. Un ejemplo de ello es la negativa de la autora a interpretar el balaguerismo a partir del concepto de bonapartismo. Ella prefiere hablar de “ecuación”, y da razones para ello. Hablando en particular de los movimientos populares, el libro de Faxas es especialmente ejemplar para el estudio de procesos parecidos (motines, revueltas, rebeliones...) en otros países de nuestra región. Del caso de los “motines de hambre de 1984”, se desprenden estrategias analíticas interesantes (destacadamente, el rechazo de un enfoque reduccionista, y en especial economicista, que minimiza el papel de lo político y lo cultural, de la acción y de la subjetividad en la generación de las condiciones de las revueltas). El acercamiento a esta revuelta popular es en varios sentidos ejemplar y, por ello, transciende el mismo caso abordado.
Ahora bien, se puede plantear una pregunta crucial al respecto de una de las conclusiones centrales de esta obra. Esto es, ¿resulta aceptable la orientación general del ensayo, asentada en la construcción histórica del mito populista (el proyecto “popular-nacional”) y, especialmente, en su tesis del derrumbe y la muerte de dicho mito? No tengo problemas con la idea de la conversión del proyecto populista en un mito en el imaginario popular. Tampoco tendría mayor objeción a la interpretación de los hechos de mitad de los ochenta del siglo pasado como una “ruptura” que marca el inicio de una nueva etapa política. Incluso es aceptable hablar de la “crisis” que sufre el modelo populista, tal y como lo perfila la autora. Pero me asaltan dudas sobre a la afirmación, fuerte, de la “muerte” del mito con la implicación de su “definitiva” irrelevancia, y sin retorno, en aquella sociedad. El mito “roto” deviene en mito muerto.
Me pregunto si esta certeza no está influida por la coyuntura en que el cuadro analítico fue elaborado. Es un momento, no hay que olvidarlo, en que las tendencias mundiales que luego se harían populares bajo las denominaciones de
neoliberalismo y globalización irrumpen con una fuerza arrolladora, determinando no sólo las ideas (que impactaron el pensamiento primero de las élites y luego permearon el sentido común de las masas) sino también las prácticas políticas (especialmente de las élites gobernantes). Parecía que las metas comprendidas bajo el gran rótulo “populista” habían quedado superadas o eran ya inviables. Pero muy pronto brotaron en diversos puntos de la geografía latinoamericana proyectos que, en lo esencial y según las particularidades de cada país, respondían a las pulsaciones, símbolos y metas socioeconómicas y políticas que se atribuyen al elusivo y polisémico populismo. En esos casos, el mito que había estado como en hibernación, irrumpió de nuevo en el escenario.
En su sentido más preciso de proyecto popular-nacional, empapado de antiimperialismo (o afirmación de la soberanía), apelando a lo nacional, imbuido de reivindicaciones sociales, ansioso de abrir espacios a la participación política de las masas (más allá de la tradicional democracia representativa), etc., reapareció en diversos países latinoamericanos a finales de los ochentas, se reafirmó en los noventa y se convirtió en los primeros años del siglo XXI en poderosos movimientos populares que cristalizaron en gobiernos. Pienso, desde luego, en casos como Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador, entre otros. Incluso se observa en México, con movimientos como el neocardenismo (Cuauhtémoc Cárdenas) y, más recientemente, el lopezobradorismo.
Estoy consciente de las incertidumbres y disputas, no sólo teóricas, que provoca la noción de populismo y de su abusivo uso político. Sabemos, para decirlo coloquialmente, que en las circunstancias latinoamericanas el término populismo lo mismo sirve para un barrido que para un fregado. Y que, frecuentemente, los que combaten cualquier posibilidad de cambio y ven en el consenso de Washington el alfa y omega de la economía y la sociedad políticamente correctas, golpean con el mazo del “populismo” cualquier proyecto que intente articular lo social y lo político en un marco nacional-popular, como expresión de un nuevo modelo en que se armonicen justicia y democracia. Se trata de un uso del término “populista” como arma de propaganda y combate político de las ideas y propuestas alternativas.
Lo que insinúo es que, tal vez, algunos de esos proyectos enmarcados como “populistas” tienen plena vigencia en las condiciones de nuestros países y que, en tal sentido, podría ser prematuro o apresurado decretar su muerte definitiva (incluso en términos de sus elaboraciones míticas) y prejuzgar sobre su fracaso inevitable. No sea que se aplique aquí la frase (atribuida al Juan Tenorio de Zorrilla, y más acertadamente a Juan Ruiz de Alarcón y Pierre Corneille), que dice: “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud”. Creo advertir un matiz en ese sentido, en la frase situada al final de la obra. Observa la autora: “La situación, ciertamente, sigue abierta”. Y en esa apertura, me parece, cabe la posibilidad de un renacimiento del proyecto popular-nacional, sin duda en nuevas circunstancias, incluso como mito impulsor, como “utopía histórica”, a la manera en que la esbozó Gramsci.
Lo dicho no menoscaba en lo más mínimo la calidad y la pertinencia del libro
El mito roto... Todo lo contrario, pone de manifiesto el valor de una obra que cumple con el propósito fundamental de abordar los temas sin concesiones, corriendo riesgos en el planteamiento de nuevos enfoques y abriendo el camino para el desarrollo del debate y la reflexión, incluso más allá de su particular objeto de estudio. Eso es lo que hace el trabajo de Laura Faxas. Y lo hace estupendamente bien. Su lectura es muy recomendable. Y a eso los invito.
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Laura Faxas, El mito roto. Sistema político y movimiento popular en la República Dominicana, 1961-1990, Siglo XXI Editores/FLACSO/Fundación Global Democracia y Desarrollo, México, 2007.

Violencia y exclusión social



Densificación social y globalidad

Héctor Díaz-Polanco

El libro de Sergio Zermeño La desmodernidad mexicana y las alternativas a la violencia y a la exclusión en nuestros días, es una obra atractiva y desafiante, colocada en el centro mismo de los grandes problemas generados o reforzados por la imposición del modelo neoliberal en las dos últimas décadas. Constituye la continuación, y quizás el remate, de la línea de trabajo desarrollada por el autor en otro libro (La sociedad derrotada, el desorden mexicano de fin de siglo, publicado por Siglo XXI Editores en 1996) que, como lo revela su título, estudia la desarticulación del tejido social que ya para entonces se observaba, así como sus secuelas de pobreza y degradación del entorno social.
En La desmodernidad mexicana, el autor da un doble paso adelante. Primero, completa y en cierto sentido perfecciona su visión del “desorden” o desajuste social que sufre México, aportando una cantidad abrumadora de nuevos datos sobre el desastre que resulta de la gradual profundización de la lógica inherente a la globalización subordinada. El cuadro es tremebundo y desolador. A primera vista, uno podría pensar que el pesimismo de Zermeño se agudizó en los últimos años. Pero bien vistas las cosas, lo que resulta evidente es que el panorama que nos ofrece de los déficit de todo tipo acumulados en los dos últimos lustros (sociales, económicos, ecológicos, etcétera) responde al hecho comprobable de que los problemas, sintetizados en la noción de “anomia social”, se han agravado dramáticamente. Así, pues, si Zermeño es un pesimista, sólo lo es en el sentido de ser un optimista bien enterado.
Esto se comprueba al atender al segundo paso que entraña el libro. El autor no sólo dedica buena parte de la obra a proponer y dar sustento a lo que podemos calificar como su tesis central, a saber, que es posible desarrollar una “ingeniería social”, apoyada en “técnicas” (particularmente, a la manera de la “intervención sociológica”, recomendada por su maestro Alain Touraine), sino que además nos entrega extensos informes acerca de las experiencias, realizadas en los últimos años por el propio autor y sus colaboradores del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, que se derivan de los intentos prácticos, en el terreno, de impulsar la participación ciudadana y la organización civil (comités civiles) procurando con ello promover lo que llama la “densificación social”. La creencia del autor de que se puede y se debe intentar la consecución de esto último (la densificación), pese a los embates fragmentadores y desintegradores de lo social que provoca el neoliberalismo globalizante, constituye la base de una visión a fin de cuentas optimista. En primera instancia, el punto no es tanto compartir esta confianza, como examinar racional y políticamente la viabilidad y la propia sustentabilidad social de la ruta propuesta por el autor, en contraste con otras que se ensayaron en el pasado (algunas de las cuales todavía están vivas) o que se exploran en el presente. Y aquí radica la novedad y el gran atractivo de este libro de Zermeño.
Antes de seguir adelante, conviene examinar el entramado de la obra. Compuesta por cinco capítulos y unas conclusiones, La desmodernidad mexicana se desarrolla en tres momentos. En el primero (compuesto por tres capítulos), el autor arranca de un examen crítico de los enfoques sobre modernidad y modernización (el autor se coloca al margen de los debates sobre la postmodernidad y las tesis sobre lo postnacional), muestra las que a su juicio son las debilidades de los caminos trazados y perfila su propio orientación. Básicamente, advierte que el rumbo tomado por países como México no lo conduce hacia la modernidad, sino hacia la “desmodernidad” y la consecuente anomia social.

¿Cuál es la principal fuerza que, en los últimos lustros, empuja el país en esa dirección? El autor no tiene dudas al respecto: el modelo neoliberal y la nueva fase de economía abierta que promueve. “La economía abierta es el enemigo de nuestro tiempo” se titula sintomáticamente el segundo capítulo del libro. Para mostrarlo, Zermeño nos conduce por el laberinto de nuestras carencias sociales, de la dependencia y nuestros propios desatinos económicos, de las deformaciones políticas e institucionales que son a la vez efecto y causa de nuestros males, de los círculos viciosos y las prácticas degradantes que refuerzan todo lo anterior. El recorrido, como un viaje dantesco por los círculos del infierno, incluye la política aplicada en el campo (o la falta de ella), que ha llevado a la economía rural y los campesinos a la actual situación extrema; el atroz manejo de los recursos petrolíferos; la cada vez mayor dependencia de las remesas de nuestros migrantes en el país del norte; el impacto devastador de la maquila por lo que hace a las condiciones de trabajo (el 40% de la fuerza laboral manufacturera se encuentra atrapada en este abismo de incertidumbre, bajos salarios y jornadas extenuantes) y a sus negativos efectos socioeconómicos; el crecimiento del narcotráfico como otra de las actividades “informales” que adquieren cada vez más peso en la sociedad y la economía de un país deformado hasta el horror por la violencia, y, como consecuencia y remate de todo ello, el desarrollo incontenible de la informalidad económica, la destrucción desenfrenada de recursos no renovables y la devastación del medio ambiente, lo que a su vez profundiza el desorden social...
Pero el autor no se deja abatir por este cuadro un tanto apocalíptico, pues de inmediato en el capítulo tercero acomete la tarea de dibujar el horizonte de los medios alternativos para atacar esas calamidades e iniciar lo que llama “un camino posible”. ¿Cómo y desde dónde? Eso es lo que intenta responder allí. Volveremos sobre ello.
El segundo gran momento del libro es el de la información acerca de los casos, sobre todo del Distrito Federal y específicamente de la parte sur, que se aportan como materia prima para reflexionar sobre las posibilidades de pasar a la acción y revertir las actuales tendencias. Buena parte de los casos no son meros estudios, sino testimonios minuciosos sobre diversas experiencias de “intervención sociológica” con los propios actores, los comités vecinales principalmente, sus esfuerzos organizativos, las dificultades y los logros alcanzados en territorialidades o espacios definidos, con gente de carne y hueso. Se trata de una información con la consistencia de lo concreto y la palpitante fuerza de lo vivo. Este extenso capítulo cuarto, para mi gusto, es el segmento central de la obra, porque está cargado de enseñanzas y, además, resulta muy estimulante sobre todo por las preguntas que suscita, lo que a menudo es la principal virtud de un buen libro.
Después de este interludio sobre las experiencias concretas, en la tercera parte el autor vuelve sobre la reflexión teórico-política en un capítulo sobre la cultura estatal mexicana y en las conclusiones. Aquí reaparecer la preocupación del autor, casi una obsesión, en torno a las razones que explican lo que llama “la fascinación por el vértice” y el culto del tlatoani en la sociedad mexicana.
Demos un vistazo ahora a un conjunto de planteamientos centrales del libro. El énfasis del autor está puesto en el enfoque sociológico de los problemas. Incluso las cuestiones que habitualmente se abordan desde la economía, Zermeño prefiere enfocarlas desde lo que denomina “una sociología de la economía”, lo que implica acentuar “la noción de densificación de lo social como referente ético central” frente “al referente central del liberalismo: la competitividad en economías abiertas.” A su vez, la densificación es “contrastada y complementada con la referencia a la dilución, entendida como anomia, como enfermedad social”, que según el autor “es un concepto mucho más complejo que el de pobreza”. De ese análisis sociológico de lo económico el autor desprende que “nos encontramos ante un panorama bastante trágico: adoptamos un modelo de desarrollo que sacrificó claramente la densidad, la salud social, en aras de una dinámica que debió haber generado una significativa riqueza material (que se redistribuiría en el largo plazo), pero después de veinte años nos encontramos con una realidad en la que la creación de esa riqueza material se fuga, cuando existe, al tiempo que se adelgaza, se diluye la riqueza social: un fracaso por partida doble...”
¿Hay salida, alguna fórmula de reconstrucción? El autor cree firmemente que sí. Pero la precondición es abandonar el evolucionismo y el economicismo dominantes, y sus tópicos de competitividad, medición y “elección racional” (racional choice), para en cambio ir hacia lo social. El camino de la reconstrucción “depende de la generación de colectivos sociales en espacios intermedios, entornos manejables para los seres sociales no profesionalizados: la autonomía regional, la democracia participativa, la organización vecinal; colectivos empoderados en el plano social, capaces de entablar relaciones de igualdad y respeto hacia las fuerzas que vienen de su exterior [...] y capaces de entablar también, en su interior, relaciones de respeto y equidad entre los actores que componen esos espacios intermedios en empoderamiento (mitigando la dominación y la explotación salvajes en el interior de la familia, la comunidad, la localidad, la región)”. De ninguna manera se trata de la filantropía dedicada a encarar la pobreza y atender a los pobres, “sino de descubrir los complejísimos mecanismos y órdenes imaginables (y de la experiencia pasada) que puedan reconstruir a lo social-colectivo-local-regional y, desde ahí, hacer frente y corregir las situaciones de inequidad y anomia”. Esta tarea no puede ser dejada a la improvisación y el tanteo: “requiere un alto grado de producción intelectual sistemática”, pero también de “experimentación”. Teoría y práctica, pues. Para ello, Zermeño se propone “el proyecto de llevar adelante una ingeniería y una moral reconstructivas de las potencialidades de la sociedad civil, una sociología que reconstruya material, anímica y axiológicamente a lo social desde lo social mismo”. En varios pasajes, insiste en el obstáculo de que habitualmente prime lo político sobre lo social. Sin duda, tareas formidables las que proyecta nuestro autor.
Hay aquí muchos puntos a discutir y a contrastar con la experiencia pasada y en curso. El enfoque de Zermeño desafía —descontando las duras críticas al neoliberalismo que compartimos—, otras visiones y planteamientos que están bien asentados entre nosotros. Para empezar, sostiene que es posible emprender la mencionada reconstrucción, a partir de ingenierías y “técnicas”, no sólo pese al neoliberalismo imperante, sino en sus propias narices, y que ello se puede hacer con éxito. Esto, desde luego, provocará muchas reacciones y argumentos en contra. Como es sabido, son legiones los que piensan que no es posible intentar siquiera procesos de cambio en cualquier nivel sin el presupuesto de romper el espinazo al modelo neoliberal, deteniendo en seco sus efectos perniciosos. O al menos sostienen que los esfuerzos deben concentrarse de manera privilegiada hacia ese fin. Hasta donde alcanzo a entender, Zermeño no piensa así. Al contrario, critica la idea de acumulación de fuerza política que, una vez alcanzada (aunque nadie sabe cuál es el rango requerido), podrá ser utilizada por el sujeto o los sujetos sociales para procurar sus metas transformadoras. Zermeño apuesta a los actores, más que a los sujetos. Critica asimismo las perspectivas centradas en lo global, que descuidan o de plano ignoran lo local (y por ello mismo, su fuerza y sus potencialidades). En este sentido, descree del “altermundismo”, al menos como se ha practicado hasta ahora.
Quedan en el aire, para la reflexión y el debate, muchas preguntas: ¿En verdad hay salidas en el marco de un sistema de dominación y explotación como el vigente, sin anteponerle un proyecto político que ponga en cuestión la lógica de aquél? Como quedó asentado antes, el autor cree que se puede “mitigar” la dominación y la explotación. ¿Cómo podría lograrse esto, sin que termine significando atenuar algunos efectos del sistema, dosificando sus impactos, lo que nos acercaría a la idea que pregonan algunos de “humanizar” la globalización y hacer más benigno el neoliberalismo?
Uno no puede sino simpatizar con la idea del autor en el sentido de que la acción (sociológica y, agrego, de otro tipo) no puede ser aplazada o diluida en un vago proyecto antiglobal o altermundista. Seguramente, de las acciones que nos propone derivarán experiencias, conocimientos y enfoques valiosos precisamente para imaginar las prescripciones que permitan socavar el actual régimen neoliberal y finalmente cambiarlo por otra cosa. Pero no me queda claro que dichas experiencias puedan alcanzar el potencial que nos anuncia sin que ellas mismas estén enmarcadas en una (o varias) estrategias políticas de mayor alcance. En este sentido, quizás habría que pensar más en la necesidad de que lo social esté no sólo complementado, sino encuadrado en lo político. De otra manera, es alto el riesgo de que tejamos y construyamos densidad, identidad, sedimentemos lo social, busquemos el balance y la sustentabilidad desde abajo, como aconseja Sergio, mientras simultáneamente la lógica del sistema desde arriba y desde todos lados desteja, fragmente y desordene el campo cubierto, y así hasta el infinito.
No es casual que en sus conclusiones el autor advierta que “los impactos desordenadores del nuevo panorama mundial y sus implicaciones sobre la densidad de lo social, tienen una severidad mucho mayor en el caso de nuestro país [en especial por nuestra particular situación geopolítica]. Así, no es nada más nuestra herencia lo que nos genera un déficit de sociedad, sino el perverso círculo vicioso de la dominación imperial...” ¿Es posible solventar y revertir ese déficit en el marco de la dominación imperial, operando sólo desde lo “social-local”? Aunque la interrogación se puede reformular también a favor del punto de vista de Zermeño: ¿Será posible encaminarnos hacia la superación de la situación presente sin acumular el conocimiento y la experiencia sobre la construcción de lo colectivo, sin impulsar la fortaleza de lo social que el autor sugiere? El punto es que se pueden aceptar estos imperativos, sin renunciar ni dejar de lado las articulaciones políticas que les den sentido y eficacia.
Son, como dije, algunas de las muchas cuestiones que nos despierta el libro y hacen de éste un interesante trabajo sociológico que seguramente provocará debates intensos y dejará huella. La desmodernidad mexicana es, en suma, una obra bien escrita, cargada de estimulantes ideas, en varios sentidos desafiante. Un texto para la reflexión, y eventualmente para normar la acción, que es lo que más urgentemente necesitamos.

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Sergio Zermeño, La desmodernidad mexicana y las alternativas a la violencia y a la exclusión en nuestros días, Editorial Océano, México, 2005, 359 pp.

Potentia y potestas en Dussel



Las 20 tesis de política de Enrique Dussel

Héctor Díaz-Polanco


La obra de Enrique Dussel, 20 tesis de política, muestra la madurez de un filósofo terrenal, siempre plantado en su pasión inocultable: la liberación de los pueblos, y en particular la de los pueblos colonizados (de Latinoamérica en primer plano). El libro es la continuación, mediante otras formas, de su empeño por completar una “filosofía de la liberación” que ha venido montando con acuciosidad en los últimos lustros.
Desde el arranque del texto, el autor nos ofrece los ejes centrales de su empresa. Se trata, dice, de ponerse a tono con las grandes transformaciones que están viviendo los pueblos, mediante “una nueva teoría”, una “interpretación” que sea coherente con tales cambios. Esta nueva teoría, en lugar de responder a los supuestos de la modernidad capitalista y colonialista de los últimos cinco siglos (incluyendo en el paquete tanto los postulados burgueses como los del “socialismo real”) debe asumir los retos de la nueva “civilización transmoderna” (y por tanto “transcapitalista”, más allá del liberalismo y del viejo socialismo real) que, según Dussel, se aproxima. En la modernidad moribunda se imponen los marcos del poder como “dominación” o como autoritarismo de la “administración burocrática”. El desafío para la izquierda (la posición desde la que habla el autor) es entrar en una decidida “renovación ética, teórica y práctica”, que le permita pasar a lo que llama “la responsabilidad democrático política” de ejercer una nueva forma de poder. A ésta, Dussel la denomina “poder obediencial”.
El autor no se engaña respecto a la dificultad de esa tarea, pues la responsabilidad de que se trata es “intrínsecamente participativa; sin vanguardismos, habiendo aprendido del pueblo el respeto por su cultura milenaria, por sus narrativas míticas dentro de las cuales ha desarrollado su propio pensamiento crítico, sus instituciones que deben integrarse en un nuevo proyecto”.
La obra, pues, busca hacer una contribución al logro de tan ingente cometido. Con ello en mente, el autor elabora un texto conciso y apretado, pero al mismo tiempo comprehensivo, bajo la forma de veinte tesis, dividido en dos grandes partes (ambas compuestas por diez tesis) que son dos planos analíticos de los diversos momentos de la política. Se advierte un evidente afán de pedagogía política en la propia forma del volumen.
Siguiendo la metodología clásica de Marx, en la primera parte las tesis se presentan en su formulación más abstracta, más simples, para luego “ascender” hacia lo más concreto, en donde las tesis expresan un mayor grado de complejidad (esto es, “la filosofía política deviene crítica del sistema vigente”). La estricta formulación de las tesis, sin embargo, se mantiene abierta. El autor admite no sólo que las actuales 20 tesis por él elaboradas (todavía colocadas, en su conjunto, en un alto nivel de abstracción) tendrán que ir ganando en determinación, sino que en el futuro deberán incluirse nuevas tesis con el objeto de “situar estos niveles en un grado aún mayor de complejidad y concreción, al tomar en cuenta la integración del tema colonial, poscolonial, las metrópolis y el imperio, y la lucha de liberación contra esas fuerzas internacionales”. Así, pues, se trata apenas de lo que se insinúa como el principio de una vasta obra en desarrollo.
El libro adopta una perspectiva normativa. Se trata de establecer los fundamentos de la política democrática, no enajenada ni fetichizada; y por tanto, el autor asume que los principios y normas que se establezcan puedan reclamar una pretensión de universalidad. Volveremos sobre este punto polémico. Dussel parte, en su primera tesis, de una explicación de por qué lo político se corrompe (una “corrupción original” que denomina “fetichismo del poder”), en la medida en que el actor político “afirma su propia subjetividad” o la institución en la que ejerce funciones “como la sede o la fuente del poder político”; es decir, cuando se ejerce el poder desde una “autoridad autorreferente”. El autor piensa, en cambio, que todo ejercicio del poder tiene como “referencia primera y última al poder de la comunidad política” o al pueblo. El poder lo tiene siempre y sólo la comunidad política o el pueblo. Esta facultad o capacidad inherente al pueblo (última instancia de lo político) es la denominada potentia. Es el “punto de partida” de cualquier reflexión o fundamentación de lo político. Todo ejercicio del poder fuera o en contra de esta facultad es un “poder fetichizado, desnaturalizado, espurio”, que se funda en la fuerza, la violencia; es estrictamente dominio y no hegemonía. Es por eso que el poder político “no se toma” (en referencia al malentendido que subyace en la fórmula de John Holloway: “cambiar el mundo sin tomar el poder”); lo que puede tomarse son los “instrumentos o instituciones que consisten en las mediaciones de su ejercicio”.
Pero el poder como potentia, aunque es el “fundamento último”, carece aún de “existencia real, objetiva, empírica”. Debe ser actualizado, institucionalizado. Es la potestas, o sea, la constitución de la potentia “como poder organizado”, que inicia cuando la comunidad se afirma como “poder instituyente” y crea instituciones. El poder debe necesariamente institucionalizarse, expresarse mediante instituciones. Es el paso de la “comunidad indiferenciada” a la “diferenciación heterogénea”. De hecho, afirma Dussel, “todo ejercicio del poder es institucional, porque el poder de la comunidad como potentia en-sí no es un momento empírico inicial en el tiempo, sino un momento fundamental...” Este paso necesario que marca “la aparición prístina de la política”, al mismo tiempo marca “el peligro supremo”, pues es el origen de dos posibles líneas de vida política: la del servicio o la de la corrupción u opresión políticas. A partir de esta diferenciación, el autor evalúa el respectivo desiderátum que es propio de dos posiciones extremas: “El anarquista sueña con el paraíso perdido del poder indiferenciado en-sí de la potentia (donde no hay posible injusticia); el conservador adora el poder fijado y dominado como potestas (y en tanto se ejerce el poder institucionalizado como dominación). La política será —sostiene Dussel, alejándose de las posiciones mencionadas— la larga aventura del uso debido (o corrompido) de la potestas. El noble oficio de la política es una posibilidad que se abre desde esta escisión primera”.
Con esas premisas, el autor pasa a la exposición de la tesis 4, que constituye una de las aportaciones más importantes de su obra: el poder obediencial. “El que manda—explica el autor—es el representante que debe cumplir una función de la potestas. Es elegido para ejercer delegadamente el poder de la comunidad; debe hacerlo en función de las exigencias, reivindicaciones, necesidades de la comunidad”. El representante tiene una función de servicio político “que ejerce como delegado el poder obediencial”. Toda pretensión política de justicia está referida a esta forma de poder no alienada ni fetichizada (del que “manda mandando”).
Esta tesis, como es obvio, hoy está emparentada con el enunciado zapatista del “mandar obedeciendo” que, a su vez, está inspirado en formulaciones ilustres. Hace poco, en un texto publicado en Rebelión, Rafael Bautista recordaba que “El 'mandar obedeciendo' zapatista-chiapaneco, es, también, una consecuencia de la máxima hebrea [...] que el Mesías [...] reclamaba de sus discípulos: 'el que quiera ser mayor entre ustedes, que se haga siervo de ustedes'”. Dussel se remite a la misma fuente: Marcos (el evangelista, no el rebelde de Chiapas) 10, 43-44: “El que quiera ser autoridad hágase servidor [...] servidor de todos”. Uno puede desplazarse incluso a fuentes del pensamiento griego clásico, como La república de Platón, en donde se encuentran referencias como estas: “...si son los gobernantes dignos de ese nombre, igualmente sus auxiliares, estarán dispuestos unos a hacer lo que les mande y los otros a ordenar obedeciendo también ellos a las leyes o bien siguiendo el espíritu de ellas en cuanto aspectos les confiemos”.
A partir de esas tesis básicas, Dussel despliega el resto de las diez tesis que componen la primera parte. Luego continúa su fundamentación crítica y las propuestas políticas que completan su obra: desde el estudio de la fetichización del poder se pasa al análisis detallado de los “tres niveles” que abarcan “los momentos en que consiste la política” (el nivel de las acciones estratégicas, el de las instituciones y el de los principios normativos), y de las esferas y principios que se encuentran respectivamente en los niveles institucional y normativo (a saber, esfera y principio material, de legitimación o democrático y de factibilidad).
Los principios, como se avanzó, presentan una formulación normativa. “El que no cumple los principios normativos de la política no sólo es un político injusto (subjetivamente), sino que objetivamente debilita y carcome el poder, las acciones y las instituciones a través de las cuales pretende gobernar”. Las formulaciones de los principios de Dussel se enmarcan en una tradición clásica que recuerda particularmente las formulaciones kantianas. Por ejemplo, el “principio de la moralidad”, al que Kant llama el principio de la “autonomía de la voluntad”, en su obra Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Como se recordará, el imperativo categórico kantiano del deber comienza: “obra como si la máxima de tu acción debiera tornarse...en ley universal”, etcétera. En Dussel el enunciado de los principios adopta la forma: “Debemos operar siempre para que toda norma...” o “Debemos operar políticamente siempre de tal manera...” De ahí que estos principios siempre impliquen una “pretensión universal”. Si embargo, a diferencia de Kant, Dussel procura que tales principios estén exentos de todo contenido trascendental. Como lo indica a propósito del principio material, el cumplimiento del mismo y la satisfacción de las necesidades de la “corporalidad viviente” de los ciudadanos cumple como prueba de un “hecho empírico”: “el logro de la pretensión política de justicia del gobernante”.
Me queda la duda sobre el carácter universal de estos principios o su “pretensión política de verdad práctica”, pues o son en realidad particulares (relativos, por ejemplo, a una visión del mundo, a unas necesidades o unos intereses) de modo que no podrían ser aceptados universalmente, o son universales de modo que deban ser aplicables a una diversidad de intereses y posiciones y, en este caso, el principio puede ser suscrito por diversas tradiciones (v. gr., liberal, marxista, etc.) y luego “llenada” de contenidos concretos o particulares dispares, con lo que la universalidad se disuelve en el aire... Un viejo problema: cómo puede pensarse un principio como universal, sin caer en el universalismo que es precisamente característico de la modernidad que el autor rechaza. El autor es consciente del problema cuando, al inicio de la segunda parte, advierte la diversidad de reivindicaciones que expresan los movimientos sociales, esto es, “toda la cuestión del pasaje de particularidades diferenciales a una universalidad que las englobe”. Menciona de pasada las soluciones de Laclau (“el unívoco equivalencial”) y Boaventura de Sousa Santos (la “hermenéutica dialógica abierta”). Me inclino más por la solución de Slavoj Žižek: la única universalidad es la construida a partir de la lucha de los diversos, en el transcurso de la cual descubren un fondo común y metas compartidas. Hay elementos en la obra de Dussel que apuntan en esta dirección. Por ejemplo, cuando habla de la categoría “englobante” de pueblo, vinculándola a la lucha, a propósito de “La historia me absorberá”, de Fidel Castro; o cuando se refiere a los nuevos derechos.
No es mi propósito, ni es la intención de una presentación, detallar el contenido de la obra. La riqueza del libro de Dussel se manifiesta con sólo mencionar algunos temas, de enorme actualidad, que pueden debatirse provechosamente a partir de sus planteamientos. Uno es el del poder mismo y en particular del álgido debate sobre la posibilidad y, en su caso, los caminos para su “toma”. Aunado a ello, la polémica en torno al postulado de la “disolución del Estado” y sus intrincadas implicaciones. Dussel piensa que el poder en verdad no se “toma” (con lo que coincido plenamente); más bien, “se lo reconstituye y se lo ejerce críticamente”. Pero no podemos desentendernos del poder si en verdad queremos que cambie el mundo en vista de la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de todos. Hablando claramente, dice Dussel, “sin el ejercicio delegado obediencial del poder, institucionalmente no se puede cambiar factiblemente el mundo. Intentarlo es moralismo, idealismo, apoliticismo abstracto, que, en definitiva, se deriva de confusiones prácticas y teóricas...”
Otro tema que tiene un lugar central es la dimensión ética de la política. En el punto 13.24 de la obra, Dussel dice: “Se ha olvidado frecuentemente que le toca al político, como representante, la obligación responsable de desarrollar la vida de todos los ciudadanos, en primer lugar de aquellos que han sido puestos fuera de esta posibilidad de cumplir con la satisfacción de sus necesidades, desde las más básicas hasta las superiores”. Y continúa en el 13.25: “La política, en su sentido más noble, obediencial, es esta responsabilidad por la vida en primer lugar de los más pobres. Esta exigencia normativa fundamental constituye el momento creativo de la política como liberación...” Innumerables problemas teóricos y prácticos, con implicaciones éticas, se derivan de tales reflexiones. Por ejemplo, los cuestionamientos éticos (o morales en su sentido amplio) que implica el asumir proyectos inmediatos (“desarrollar la vida” ahora) o mediatos (a mediano o muy largo plazo), sin procurar su articulación en cada circunstancia; esto es, buscar el mejoramiento de la existencia de los explotados y oprimidos en el momento o “desarrollar la vida”, más a fondo, después. El punto es: ¿se puede aceptar como moralmente legítimo, tenemos derecho a pedir la posposición de lo primero (desarrollar la vida de los miembros de la comunidad política tan inmediatamente como sea posible) a favor de las transformaciones de fondo a un plazo más o menos largo, que requiere aplazar las reivindicaciones urgentes y apremiantes? O viceversa. Este debate ha estado presente en la reciente coyuntura mexicana y, en general, se está planteando en muchos contextos latinoamericanos, bajo la forma del discurso “reforma” versus “revolución” o de “programa mínimo” versus “programa máximo”. El aparente dilema quizá se disolvería, o al menos podría abordarse con más ventaja, incorporando la perspectiva ética mencionada.
La obra en examen, en fin, contiene abundantes propuestas interesantes, precisamente por sus aristas polémicas. En este rubro caben, por ejemplo, los “postulados políticos” que según el autor son “lógicamente pensables”, pero imposibles empíricamente, como sería el caso de la supresión de las clases sociales y de la disolución del Estado que, en sintonía con el enfoque kantiano, vendrían a ser sólo “ideas regulativas”. Lo mismo puede decirse de la percepción del mercado como “necesario”, lo que en la visión inaugurada por Marx y desarrollada por Polanyi sería muy controvertible. Hay aquí entonces materia para la discusión renovada y creativa.
Son todos temas de un enorme interés, lo mismo vistos desde un horizonte amplio que de cara a la actual coyuntura. Esa es la medida de la importancia que reviste 20 tesis de política. Se trata, pues, de una obra cuya lectura es ampliamente recomendable.

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Enrique Dussel, 20 tesis de política, Siglo XXI Editores/CREFAL, México, 2006,174 pp.

De la renta de la tierra a la renta de la vida


Sobre El capital en su laberinto

Héctor Díaz-Polanco



El libro de Armando Bartra, El capital en su laberinto. De la renta de la tierra a la renta de la vida, es una excelente compilación de textos procedentes de diversas fuentes, en su mayoría hoy difíciles de conseguir, que van desde artículos publicados en revistas como Cuadernos Agrarios, hasta capítulos incluidos en obras del propio autor como México Bárbaro y Crónicas del Sur. Dado que, como se ha dicho, las fuentes originales no son de fácil acceso, un primer rasgo positivo del libro es precisamente poner los trabajos al alcance de un público más amplio, tanto de los jóvenes que no los conocieron en el momento en que originalmente vieron la luz, como de los no tan jóvenes que entonces no tuvieron oportunidad de leerlos.
La obra agrupa materiales escritos por el autor en aproximadamente las últimas tres décadas y, además, está organizada para abordar un conjunto de temas centrales y suficientemente concatenados entre sí. Tiene unidad y es brillante en su desarrollo. El hilo central es el estudio de la naturaleza, la lógica, la dinámica (en el lapso abarcado) y las perspectivas del sistema socioeconómico campesino, a menudo tomando como telón de fondo el proceso mexicano.
El autor no cree que pueda comprenderse la sociedad y la economía campesinas del mundo contemporáneo, sin entender su contexto insoslayable: la lógica del modo de producción capitalista. Es por esto que el libro incluye textos valiosísimos que abordan el problema de la renta de la tierra (especialmente en su forma diferencial), en cuyas determinaciones sobre la distribución de la plusvalía derivadas de la peculiaridad de la agricultura (heterogeneidad, diversidad, etc.) el autor encuentra inicialmente uno de los resortes que permiten entender la “funcionalidad” del campesinado en el régimen capitalista.
El campesinado no es un residuo de épocas pasadas, sino en cierto modo un resultado de la lógica del capital; y sin duda el campesinado es, dice el autor, uno de nuestros contemporáneos. El grueso de los capítulos del libro está dedicado a desentrañar el extraño laberinto del capital en que se despliegan los afanes de los campesinos en sus unidades domésticas, las estrategias productivas que ponen en juego, así como los recursos que son capaces de emplear en tanto comerciantes y trabajadores asalariados, migrantes y constructores de identidades, etcétera.
Es el trecho central y más extenso de esta historia. Pero cuando las condiciones, sobre todo en los últimos lustros, prefiguran o anuncian cambios tan drásticos que parecen colocar a los campesinos en trance de desaparición (la “descampesinización” tan debatida en los setenta del siglo XX) o, al menos, lo empujan hacia una inédita situación de exclusión, de marginación extrema y de población “sobrante”, el autor no elude el análisis de este fenómeno y la comprensión de los nuevos giros que implica, lo mismo para el campesinado que para el conjunto de la humanidad. En efecto, entrando al nuevo milenio, el capital parece haber resuelto las distorsiones de la renta diferencial, anulándolas, por lo que, en este nuevo contexto, la “funcionalidad” del campesinado desaparece y éste pasa a ser un sujeto superfluo.
El autor registra el cambio dramático. La nueva situación que el capitalismo arrastra, en su fase globalizadora, ofrece un horizonte más que inquietante, espantoso. El gran dinero parece haber sometido finalmente la diversidad y la heterogeneidad de la agricultura, antes rebelde a las compulsiones homogenizadoras y estandarizantes del modo de producción capitalista. Lo logra merced a la dominación de la naturaleza que busca alcanzar la biotecnología, dependiendo ya no de la biodiversidad in situ, sino de la controlada ex situ por el propio capital. La diversidad de los ecosistemas y de los sistemas sociales serían en lo adelante prescindibles.
Pero ante ello, el autor no recula. Sobre todo en los dos capítulos finales (“Orilleros: entre la explotación y la exclusión” y “Marginales, polifónicos, trashumantes: los campesinos del milenio”), Bartra aborda el problema, mostrando los alcances del cambio y lo que ello significa para los campesinos, pero no solo para ellos. Ahora se muestra que lo que está en juego, más allá del campesinado y su sistema socioproductivo, es la vida misma, la humanidad como un todo, que podrían eventualmente ser destruidas por un capital monopolizador de la biodiversidad. Y asimismo que, por el contrario, una biodiversidad promisoria no está en el monopolio capitalista de los códigos de la naturaleza, sino que se encuentra asociada con los ecosistemas y las comunidades que los preservan y los enriquecen. En este terreno, un capital triunfante conduciría a una humanidad desfalleciente, conforme se erosione la diversidad biológica y cultural que hasta hoy le han dado sustento a esta última. Con esta visión, en la actual etapa histórica, el papel (virtuoso) de los campesinos y sus (nuevas) comunidades no sólo no disminuye, sino que se agiganta.
No resisto citar primero el diagnóstico del autor, en “Orilleros...”, sobre el nuevo escenario:
“Ser explotado no es la condición más infamante, es peor la de marginado. Convertirse en excluido, en inútil social, en sobrante excretado por el sistema es la mayor amenaza que pesa sobre el campesino...
“En el fin del milenio, la mayor irracionalidad del capitalismo no radica ya en que las mayorías trabajadoras que producen toda la riqueza vivan en la miseria sino en que la liberación del trabajo posibilitada por la revolución tecnológica no se tradujo en ocio creativo sino en denigrante exclusión. El mayor absurdo del sistema finisecular está en que la renovación de las fuerzas productivas [...] hoy lo expulsa, lo desecha, lo lanza a la intemperie”.
Esto es, los productores de infrasubsistencia, los maiceros de mal temporal, los cafetaleros y los sorgueros –marginales y poco competitivos— “no padecen tanto la proverbial extracción del excedente [tema central en el análisis de la fase anterior, habría que destacar] como la paulatina expropiación de las condiciones materiales y económicas de su reproducción”. Es decir, la nueva situación para el campesinado radica en que “no son productivos para el capital”, en que “dejaron de ser útiles para el sistema”. Esto cambia todo, o por lo menos todo lo que antes nos parecía lo esencial. Ahora, explica Armando, la lucha no es simplemente un forcejeo por el excedente, “no es una disputa por la tasa de explotación sino un combate a vida o muerte por la pertenencia y la dignidad, por ser reconocidos como productores no sólo a través de los precios sino en un sentido más profundo”.
Armando recuerda (en “Marginales...), con peculiar lenguaje, que “desde chico” el capitalismo estuvo obsesionado por el “emparejamiento” en el campo, con lo que engendró rentas agrícolas (absoluta y diferencial). Pero este sueño decimonónico del capitalismo sólo se vino a realizar a fines del siglo XX, “cuando, al descifrar el germoplasma, la biotecnología creyó haberse apropiado—ahora sí—de las fuerzas productivas de la vida, que en adelante podrían ser aisladas y reproducidas, intervenidas y, sobre todo, patentadas” (373).
“El gran dinero anda de fiesta”, dice Bartra. No es para menos. Ahora, “la nueva productividad depende cada vez menos de la heterogeneidad agroecológica, de modo que, al irse independizando los rendimientos de condiciones naturales diversas y escasas, menguan también las rentas diferenciales, sobrepago que en el pasado pervirtieron el reparto del excedente económico y que hacían necesario apelar al Estado y los campesinos como alternativa al indeseable y costoso monopolio agrícola privado”.
Pero aquí está la “paradoja” (y el potencial drama humano, agreguemos): “la tendencial extinción de la vieja renta de la tierra coincide con el debut de la flamante renta de la vida.” Y es que con las “alambradas” genómicas que ahora tiende el capital, se trata de monopolizar “un bien infinitamente más rentable que la tierra del que dependen la agricultura, la farmacéutica, los cosméticos y una porción creciente de la expansiva industria química”. Entonces, habría que destacar aquí un hecho crucial: ahora el capital se propone lo mismo controlar la diversidad biológica que, como intenta hacerlo desesperadamente de un tiempo a esta parte, la diversidad sociocultural (incluyendo el control sobre esa realidad esquiva que los antropólogos han estudiado desde los albores de la disciplina: las identidades étnicas, cuestión que estudié en mi último libro).
Bartra nos advierte contra el “riesgo enorme” de dejar en manos de un puñado de transnacionales una cuestión tan esencial. Uno de esos riesgos es que “habiendo bancos de germoplasma ‘ex situ’ ya no importa arrasar bosques, selvas y policultivos para establecer vertiginosas plantaciones especializadas, ni preocupa que el genoma silvestre o históricamente domesticado se contamine de transgénicos...” Nos jugamos el pellejo, advierte Armando: “nos amenaza el intento de uniformar la biosfera”; lo que tendría consecuencias, pues “la reproducción de la naturaleza depende de la enmarañada diversidad biológica de ecosistemas complejos siempre entreverados con la pluralidad social”, que es precisamente lo que el capital está obligado a atacar en su demencial carrera por la acumulación de ganancias. Esas “industrias de la vida” del capital son en verdad, dice Bartra, “industrias de la muerte.”
Como todo en la sociedad humana, el proyecto del capital globalizado trae consigo sus propias contradicciones—gracias a Dios—, y genera un consecuente conflicto que adquiere carácter radical. El autor lo resume estupendamente. Se trata de una de las tensiones mayores del sistema: “la contradicción entre la uniformidad tecnológica, económica y social que demanda el orden del mercado absoluto [por una parte] y la insoslayable diversidad biológica, productiva y societaria consustancial a la naturaleza y al hombre... [por otra]”
Comprender este conflicto requiere un golpe de timón en el enfoque, como se hace en la obra que nos ocupa, respecto al significado del sistema sociocultural y productivo de campesinos e indígenas: “las revaluadas ventajas de los labriegos ya no se refieren, como pensábamos en los años setenta, a su condición de productores de alimentos y materias primas baratos que al ‘transferir su excedente económico a través del intercambio desigual’ sustentaron la industrialización. Atrás quedó la freudiana envida de la plusvalía—agrega el autor—que algunos campesinólogos le atribuimos gratuitamente a los rústicos, y con ella las laboriosas pruebas argumentales de que los agricultores domésticos eran tan explotados como los obreros. Quizá lo son, pero el problema de fondo es otro”. Y a la exploración de esta rica y necesaria perspectiva abre camino la obra de Armando Bartra.
De este modo, los textos que componen el libro constituyen un estupendo balance de los términos del debate en torno a la “cuestión agraria” y el campesinado a lo largo de las últimas décadas. Este arqueo teórico y analítico será especialmente valioso para la nueva generación, aunque obviamente no sólo para ésta. Igualmente, la compilación presenta el arco completo que va del campesinado como explotado al campesinado como excluido y sus implicaciones diversas ya entrado el tercer milenio. Tal vez la publicación de esta obra, en un momento tan decisivo, contribuya positivamente a reposicionar el estudio y el debate en torno a una cuestión que en los últimos años, paradójicamente, ha perdido cierta centralidad en el ámbito académico y, en general, en la discusión pública (si descartamos momentos críticos como el del disparo de los precios de la tortilla, un claro síntoma de los riegos que anuncia en este libro de Bartra).
A todo lo dicho, en fin, habría que agregar la calidad de los textos por lo que hace a la solvencia de los estudios y a las buenas hechuras formales. De hecho, por lo que se refiere a esta última, puede afirmarse que Bartra ha cimentado un estilo expresivo (entre otros recursos, fundado en giros del habla tradicional de las regiones características del país) que aquí se advierte en todo su esplendor y su capacidad comunicativa.
En favor de la brevedad, con los aspectos indicados, he querido apuntar a mi entusiasta recomendación del libro de Armando Bartra.

El zapatismo y la Otra campaña


Zapatistas y neozapatistas: un nuevo mundo en construcción

Héctor Díaz-Polanco

Zapatistas: un nuevo mundo en construcción (Editorial Maipue, Buenos Aires, 2006) de Guillermo Almeyra y Emiliano Thibaut, es una obra instructiva (por la abundante información), interesante (por las ideas, los análisis y las opiniones) y, además, hermosa (sobre todo por las fotografías que acompañan al texto, plasmadas por Thibaut). A más de las imágenes, que incluyen logros extraordinarios, el libro comprende el breve prólogo de Alberto J. Pla, el afectuoso saludo de la luchadora social Rosario Ibarra y, como parte central, tres secciones de textos: una especie de crónica impresionista de Thibaut acerca de su recorrido por los diversos Caracoles zapatistas; doce sucintos capítulos de Almeyra sobre el zapatismo y, finalmente, documentos anexos que van desde las seis “Declaraciones de la Selva Lacandona” emitidas por la comandancia del EZLN hasta los acuerdos de San Andrés y la llamada propuesta COCOPA.
El texto de Thibaut es memoria y diario personal de su contacto con las comunidades y pueblos zapatistas de Chiapas. No es una mirada bucólica, seducida por el paisaje y de la gente hasta el punto de perder toda visión crítica (aunque, sin duda, hay enamoramiento). Thibaut registra lo que lo fascina de ese mundo, pero también aquello que lo perturba y aún incomoda.
El texto de Almeyra es una indagación, a grandes zancadas, pero con precisión y apego a los hechos, sobre el proceso que arranca mucho antes del levantamiento zapatista de 1994, conduce a éste, y se prolonga hasta nuestros días. Ahí aparecen las luchas diversas, en Chiapas y en otras regiones del país, que preceden y alimentan (lo que se olvida a menudo) la formación de la resistencia indígena neozapatista; y los grandes momentos —en un sentido sociopolítico— que en los últimos 12 años marcan la trayectoria del movimiento enraizado en Chiapas (la lucha por la “madre tierra”, por los derechos de las mujeres, por la construcción de nuevas formas democráticas y condiciones diferentes de vida, la formación de los Caracoles y sus Juntas de Buen Gobierno) hasta llegar a la última etapa –en marcha— que implica la Sexta Declaración y el impulso de la Otra campaña, sin duda un giro importantísimo del EZLN.
Los diversos capítulos de Almeyra rebosan de entusiasmo por la heroica lucha de los zapatistas. Por todos lados brota la admiración del autor hacia las valientes comunidades y pueblos que supieron levantarse contra el sistema explotador y opresor. Evidentemente está presente, como es obvio también en los textos de Thibaut, una identificación intensa con la causa que esos pueblos y comunidades representan y encarnan. Pero en ningún caso ello les impide mantener los ojos bien abiertos y un talante crítico que es, a mi juicio, el rasgo distintivo de los hombres de espíritu libre, de los que merecen el calificativo de intelectuales, en la mejor tradición de los pensadores que a un tiempo son personas comprometidas y luchadoras.
No es de extrañar que Almeyra no caiga en los meros cantos apologéticos. Más aún, que se niegue a sólo ver virtudes, sin advertir las dificultades y aún los errores que van marcando cualquier lucha social y política, sobre todo cuando se trata—como es el caso del zapatismo—de una batalla verdadera contra el sistema en su conjunto. El autor se rehúsa a concebir el movimiento zapatista como si fuera una estela impecable de batallas ganadas de antemano; rechaza el endiosamiento de sus líderes, y declina ensalzar a las comunidades indígenas y sus culturas, sin tomar en cuenta que, después de todo, son sociedades tempranamente encuadradas en el sistema capitalista, en la lógica del mercado, sometidas durante siglos a la dominación y que, por ello mismo, están comprensiblemente marcadas por las contradicciones y las deformaciones que produce una cultura enajenante.
Entonces, el análisis de Almeyra es solidario, pero al mismo tiempo crítico. Esta, me parece, es la combinación política más venturosa. A condición, claro está, de que no se suponga que una actitud (la solidaridad) contradice a la otra (la visión crítica). Esta idea de que hay tal incompatibilidad es uno de los más graves problemas que amenazan a la actual izquierda identificada con el zapatismo, tanto en México como en otros países.
Almeyra articula, pues, su discurso crítico. Contrario a lo que han sostenido algunos intelectuales, afirma que el neozapatismo hace política y también construye poder. El EZLN hace política no sólo en las zonas zapatistas, sino también a escala nacional e internacional. Procura construir poder no sólo en el marco de las pequeñas comunidades insertas en su ámbito de influencia, sino además a escala regional (sobre todo después de los Caracoles y las JBG). No hay una política zapatista única y continua, sino una que se va adaptando y varía según las circunstancias. Pasó del “insurreccionismo” a las alianzas nacionales e internacionales (contrario a la idea acariciada por tantos que piensan que el EZLN sólo debe aliarse consigo mismo, valga el dislate); ha buscado cambios dentro del sistema (modificar la constitución: Marcha de la Dignidad) y mediante reformas legales, y últimamente desembocó en la Sexta declaración y la Otra campaña.
El autor saluda este último paso del EZLN porque, dice, “modifica radicalmente esa postura anterior” merced a un análisis del capitalismo y asumiendo una posición anticapitalista y de izquierda, que lo lleva a buscar aliados entre los obreros y campesinos, las organizaciones sociales clasistas y las organizaciones políticas de izquierda. Ya no es “sólo rebelde”. Todo ello “coloca al EZLN en un campo de clase y manda a la basura” las teorías sobre la “multitud”; además, pulveriza las teorías que giraban en torno a la idea de la política como actividad negativa y que concebían la construcción del poder como algo que siempre “corrompe”.
De esta suerte, el EZLN “se inscribe ahora en un campo vasto y con una vieja historia, el del anticapitalismo. Por consiguiente, reconoce no tener el monopolio en el campo de la teoría (las teorías) que rechazan el actual sistema”. De ahí se deriva “la posibilidad [pero sólo la posibilidad, hay que subrayarlo] de discutir con otros, sin condenas, vetos ni excomuniones, las explicaciones más adecuadas sobre cuáles son ahora las características del capitalismo y cuáles las fuerzas antisistémicas y, al mismo tiempo, cuales son las mejores vías para combatir lo que quienes se declaran anticapitalistas consideran el enemigo común”. Aunque declararse anticapitalista es un paso adelante, es también insuficiente, pues como lo atestigua la historia incluso se puede ser anticapitalista reaccionario. Falta esclarecer qué proyecto se desprende del anticapitalismo postulado.
En la visión de Almeyra, la Otra campaña, “desde el nombre mismo, aparece desgraciadamente contrapuesta a la campaña electoral de los partidos y candidatos oficiales”, en la coyuntura comicial mexicana de 2006. También como “una campaña en pro de la abstención” que, además, “parecería estar dirigida a quitarle particularmente votos al PRD” y, puntualmente, a Andrés Manuel López Obrador. Desde luego, pueden alegarse muchos argumentos para establecer que el propósito de la Otra no era ese. Aquí, por mi parte, sólo puedo recordar lo que dijo el clásico: cuando se trata de política lo verdaderamente relevante son los resultados, quedando en segundo plano las intenciones de los protagonistas. Como sea, me parece que ambas cosas deben ser consideradas. El hecho es que la intensa campaña antielectoral de Marcos inclinó hacia la abstención a un sector de los votantes, aunque es difícil determinar su exacta magnitud. En todo caso, indica Almeyra, las masas que siguen al abanderado electoral del PRD (y de otros partidos de la “Coalición por el Bien de Todos”), las bases, “no ven a López Obrador como lo pinta Marcos, es decir, como un fascista, como ‘el espejo de [Carlos] Salinas’, como ‘el huevo de la serpiente’”, sino como alguien que podría lograr ciertos cambios importantes, aunque ciertamente no alcancen al programa máximo que postulan los anticapitalistas, socialistas, revolucionarios...
Lo que inquieta a Almeyra es que, en cambio, la Otra no está buscando dirigirse a “la inmensa mayoría de los explotados y oprimidos”, pues no basta con abarcar “sólo algunas organizaciones y sectores ultraizquierdistas”. Por lo demás, la Otra aparece como una “campaña de larga duración” (que podría prolongarse entre diez y quince años, según Marcos), pero se muestra poco ágil para “organizar [las] luchas concretas” de cada coyuntura, así como para “insertarse en las grandes movilizaciones que está organizando una parte del movimiento sindical” y otras organizaciones populares y civiles. No ha habido un intento de entender “qué quieren quienes siguen a López Obrador”; más bien, se ha hecho una identificación de éste con el aparato del PRD. A su vez, no se hace una distinción necesaria entre ese aparato (y sus corruptelas) y las grandes masas que siguen al tabasqueño por lo que éste ha practicado y propuesto. Tampoco, advertía el autor, se impulsó “una acción política destinada a convencer a los votantes y a las organizaciones, en positivo, es decir, con propuestas políticas y técnicas diferentes a las del PRD, que respondan a las necesidades de los oprimidos y explotados”.
“Por esas carencias y errores —escribe el autor, evidentemente antes de las elecciones del 2 de julio— la Otra campaña, que es la parte operativa de la Sexta Declaración, podría encontrar un eco relativamente reducido (con respecto a las posibilidades que la situación le ofrece y al prestigio moral que el EZLN aún conserva)”. Y prevé que “si López Obrador perdiese por pocos puntos de porcentaje, esa situación podría resultar nociva para el propio EZLN que sería acusado de haber ayudado al PRI y a Washington no sólo por [parte de] la desprestigiada dirección del PRD sino también por importantes sectores obreros, campesinos e indígenas que actualmente no siguen la línea del EZLN pero lo respetan y simpatizan con él”. Dicho sea de paso, hasta ahora esas acusaciones no han tenido lugar; quizás porque el proceso electoral aún no concluye. Por eso extraña tanto que algunos (entre ellos el propio Marcos) hayan salido ya a defenderse de una imputación todavía no formulada. Almeyra, por cierto, no hace esa acusación, sino que previene contra la reacción que podría producirse con posterioridad a un escenario electoral cerrado a favor de la derecha (como, según el cómputo oficial, se ha producido).
En este momento, cualquier reproche en ese sentido lo considero incorrecto, fuera de lugar y contraproducente para los intereses de la izquierda. Acusar al neozapatismo de ser el culpable de la derrota de López Obrador me parece ridículo. No debemos desviar la atención hacia el proverbial canibalismo político en el seno de la izquierda. Ni apartar la mirada del enemigo principal: el sistema capitalista neoliberal, sus operadores y beneficiarios de la derecha y la ultraderecha, autores del fraude electoral consumado el pasado 2 de julio. Una vez resuelta la lucha por los derechos democráticos de los mexicanos a elegir sus autoridades y contra el fraude, será la ocasión de evaluar el papel de los protagonistas de este lado (el PRD, el EZLN y la Otra incluidos). En su oportunidad, el EZLN tendrá que hacerse cargo, ante quien corresponda, de las confusiones o desquiciamientos ideológicos que presumiblemente hayan producido sus posicionamientos, sobre todo por lo que hace al punto del abstencionismo.
Volviendo a la médula de nuestro asunto, la conclusión que Almeyra extrae de lo hasta aquí resumido es muy importante. Puesto que valora fuertemente el carácter positivo del giro a la izquierda que implicó la Sexta y la Otra, el autor considera que “además de dar al EZLN todo el apoyo posible para que su viraje se complete y dé resultados organizativos, es necesario discutir franca y abiertamente lo que en las propuestas y medidas del EZLN no ayude a concretar las aspiraciones de la Sexta Declaración. Porque el triunfo de las políticas anticapitalistas y la imposición mediante la lucha de una Asamblea Constituyente que dé nuevas bases al país no es una tarea sólo del EZLN sino de todos los que, en México y el mundo, luchamos por la emancipación de los oprimidos”. No se trata de crear una nueva ortodoxia “declarándose la norma y padrón de todo”, lo que conduce al sectarismo.
Permítanme concluir con un comentario sobre este punto. El sectarismo, tan característico de cierto renacimiento ultraizquierdista, sin duda constituye el peor mal de la izquierda latinoamericana en la actualidad. Es un problema viejo y advertido por muchos, entre otros por el propio León Trotsky: “El sectario no comprende la acción y reacción dialéctica entre un programa acabado y la lucha viva —es decir, imperfecta y no acabada— de las masas […] El sectario vive en un mundo de fórmulas prefabricadas”. En lugar del sectarismo, redondea Almeyra, se trata de “instaurar un diálogo amplio y abierto con otras fuerzas afines” y asumiendo realmente que no se tiene el monopolio de la verdad; esto es, de ser verdaderamente “coherente con el pluralismo en el campo del anticapitalismo”.
17 de julio de 2006.

Identidad y nación en México

Un libro para pensar y discutir

Héctor Díaz-Polanco

El libro México: identidad y nación, de José del Val, es el sexto volumen de la colección “La pluralidad cultural en México” que editan el “Programa Universitario México Nación Multicultural” y la Coordinación de Humanidades, ambos de la UNAM. Al llegar a este punto editorial, puede decirse que tanto el programa universitario para abordar la multiculturalidad en México como su plan de publicaciones van en serio. En un país en el que las cosas a menudo se quedan en la casilla de salida o en el primer trecho, eso es de celebrarse.
El libro de Del Val es una gran viñeta de la problemática de la diversidad del país y, en particular, de las grandes cuestiones que la acompañan: desde el debate en torno a la identidad y sus retos, hasta el tema inevitable en estos casos que sintetiza el término “indigenismo”, cargado de resonancias negativas o positivas según el talante de quien lo aborda. Estas son quizás las líneas maestras. Pero dentro de estas, a su vez, el autor se aproxima a una asombrosa variedad de asuntos más específicos e igualmente atrayentes: el papel cambiante de etnia y nación en un mundo progresivamente globalizado; el balance y las perspectivas de la antropología mexicana en tanto disciplina no sólo orientada a las preocupaciones de la investigación y el conocimiento sino también estrechamente vinculada a las políticas estatales y sus fines (de modo que en ocasiones es difícil diferenciarlas); el ligamento sociocultural y los retos políticos que implican la condición de México como país con una fundamental vertiente caribeña; el ámbito o plano internacional de la diversidad, especialmente por lo que hace al célebre y poco comprendido Convenio 169 de la OIT; en fin, desarrollo autogestionario, democracia, participación política de las minorías, prácticas jurídicas de los pueblos indios (“derecho consuetudinario”), y un punto central que está en la preocupación del autor, especialmente a partir de las negociaciones de San Andrés, y que le causa gran inquietud: el de la autonomía.
Como puede apreciarse a partir del mero recuento de las materias abarcadas, se trata de una obra interesante y de gran actualidad. Su aparición es muy oportuna precisamente porque estamos en un momento crucial del debate en torno a la pluralidad del país y de los caminos que estaríamos dispuestos a recorrer, en pro de encontrar salidas del atolladero en que nos encontramos. Y los puntos medulares de ese debate están lejos de haberse agotado o resuelto.
El libro tiene la virtud necesaria para contribuir al enriquecimiento del diálogo y la discusión, puesto que plantea más problemas que respuestas o soluciones ya precocidas. Aunque expresados con apasionado énfasis, las ideas y los argumentos están abiertos a la controversia e incluso a la recusación. Del Val es un comunicador compulsivo, un esgrimista de la palabra, siempre listo para disparar argumentos o juicios a menudo inesperados para sus interlocutores. También, por ello mismo, es un autor polémico que no elude expresar sus ideas con una franqueza poco común. En un medio tan proclive a los discursos elípticos o, peor aún, a la simulación, esta peculiaridad debe considerarse una ventaja gratificante. La obra está, pues, enmarcada en la disputa racional e invita a la reflexión: es quizás el producto más reciente de una fase de grandes debates que cobró fuerzas en México a principios de los setenta y prolonga sus efectos positivos prácticamente hasta nuestros días. Esta tradición mostró agotamiento a principios de los noventa, se reavivó con la rebelión zapatista a mediados de esa década y volvió a entrar en un período de decaimiento a inicios de este siglo, debido al efecto anticlimático de las frustradas reformas constitucionales de abril de 2001.
Requerimos entonces frutos intelectuales que contribuyan a reanimar la discusión, pero sin hacer tabla raza del camino andado y de las trazas clave de esa ruta. Este es un primer mérito del libro. Es sabido que la memoria es frágil. Ocurre que los términos en que se planteaban los asuntos, correspondientes a una situación y una atmósfera política en las que cobraban sentido, se esfumen o se deformen con el paso del tiempo, a veces en un breve lapso. Por eso resulta frecuente que, o se retomen los puntos cruciales ignorando sus antecedentes precisos, o se reelaboren a partir de reinterpretaciones muy deficientes. Aquí radica el valor de que del Val retome en varios de los textos no sólo la mencionada tradición polémica (en tanto registro), sino que además la proyecte hacia el difícil presente, como un elemento necesario para dilucidar el estado actual de la cuestión de la diversidad y sus complejos alcances. Entre otros, ejemplo de ello son los textos: “Los indios y los antropólogos a la Constitución” y, destacadamente, “Balance y perspectiva de la antropología mexicana, 1970-1990”.
En esos trabajos, como en la mayoría de los reunidos en este volumen, el autor no es un analista desde fuera, que toma distancia para estudiar con la mayor “neutralidad” posible —viejo sueño del objetivismo antropológico— los procesos y los momentos decisivos, sino que se involucra, asumiendo posiciones y aplicando la crítica sin contemplaciones; o de plano es protagonista en los asuntos o acontecimientos que acomete, particularmente en aquellos que se ubican en el lapso de los últimos tres lustro. Porque, efectivamente, el autor ha sido un actor en ellos, ya en calidad de funcionario gubernamental, ya de director de instituciones nacionales o internacionales, con injerencia en las temáticas socioculturales que aborda en su libro.
En este sentido, los trabajos reunidos pueden agruparse en dos grandes conjuntos: los escritos que resultan de las actividades y los compromisos propios del funcionario, que son los más, y aquellos que responden a una factura más académica. Los primeros son textos que podemos denominar “de tarea”: a menudo son intervenciones verbales, que luego se reelaboran, cuyo propósito es dar cuenta de un punto de vista, situado en la coyuntura. Aunque no es explícito, es claro que por lo regular expresa la visión desde los imperativos de la institución correspondiente. De suyo, esto es ya una veta interesante, pues en un país de funcionarios mudos, cuando no ágrafos, es muy valioso disponer de textos que ilustran lo que estaba en la cabeza de los titulares de los despachos en el momento de que se trata; en este caso, lo que estaba en la cabeza del autor-actor-funcionario que era del Val. Pero, además, es sorprendente la riqueza de ideas de estos textos tan dependientes del oficio y, a veces, de la improvisación.
El segundo conjunto de textos permite apreciar la calidad de ensayista del autor. Aquí el análisis y la argumentación se expresan calmada y brillantemente. Es el caso de dos trabajos interesantes: “Identidad: etnia y nación” y, especialmente, “El balcón vacío: notas sobre la identidad nacional de fin siglo”, un escrito, este último, no sólo novedoso por su enfoque, sino también notable por su humor y buena hechura estilística. En este texto el autor parte de un interesante planteamiento: propone que cuando se realiza una reflexión sobre la identidad nacional, el analista “debería informarnos desde dónde habla, qué tipo de mexicano se considera él”, pues puede ocurrir (y así ocurre casi siempre) que el perfil de la identidad mexicana que dicho analista nos ofrece desde una exterioridad extraña, produzca la paradoja de que, descubriendo las “esencias” de esa identidad, el estudioso no se sienta reconocida en ella o como parte de ella, lo que lleva a la situación más fantástica aún de que, a la postre, nadie se sienta reconocido en tales construcciones.
A diferencia de este ejercicio, del Val se sitúa a si mismo, nos muestra su biografía identitaria, y desde ella intenta comprender la compleja otredad en que ha vivido. A continuación, a partir esa plataforma firme —esto es: haciendo explícita la “posición del observador”, que no considera una limitación sino más bien como “un requisito epistemológico y ético”— saca sus conclusiones y lanza sus críticas a los numerosos intentos que le han precedido de capturar la “substancia” de la identidad mexicana, desde El perfil del hombre y la cultura en México, de Samuel Ramos, hasta El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Siempre he pensado que, en efecto, la mayor pifia de estos esfuerzos radica en el intento mismo de atrapar los hilos de una identidad nacional que, precisamente por ser siempre situada e históricamente contextualizada, escaparía a los intentos de su fijación. Esto sin entrar a la dudosa existencia de una identidad nacional unívoca, pasible de ser captada sin considerar la portentosa heterogeneidad misma que contiene el contructo que llamamos nación mexicana.
Del Val nos ofrece una clave: la identidad se ve de otro modo si se aborda desde la propia experiencia identitaria del observador. Así se pueden superar propuestas sobre la identidad esencial del mexicano que no son en muchos casos sino esquemas rígidos, que no se avienen con la dinámica de la identidad, y listas de estereotipos. Del Val rechaza esas falsificaciones, en particular la supuesta clave que para entender la postulada “fragilidad existencial” que caracteriza a los mexicanos se encuentra “en la insoluble y transhistórica capacidad que hemos mostrado para articular los dos troncos culturales de nuestra nacionalidad” [el español y el indígena]. Es una conclusión valiosa, aunque el propio del Val enseguida incurra en lo que critica al postular otras claves que pueden ser carne de futuros estereotipos esencialistas, como cuando dice: “Somos un pueblo al cual sus mitos fundacionales y su historia parecen condenarlo a ser un imperio, y somos al mismo tiempo un pueblo reiteradamente doblegado”. Demasiado, me parece, para todo un pueblo, tan heterogéneo, tan vital y diverso él mismo.
Comulgo plenamente, en cambio, con el enfoque del autor acerca de la identidad. Para empezar, creo que tiene razón cuando dice, y lo practica a lo largo del libro, que es un error reducir la problemática identitaria a la diferencia que encarna en los pueblos indios. La identidad debe explorarse como un fenómeno que nos alcanza a todos. Lo contrario es etnocentrismo puro y, más a fondo, racismo. Me identifico, asimismo, con el talante conceptual e histórico que imprime a sus reflexiones sobre la identidad. Se trata de un hecho social dinámico, y por eso mismo histórico, que no puede ser abordado a partir de la inútil búsqueda de esencias invariables. Igualmente, la identidad no es unívoca ni se expresa en un solo o privilegiado nivel: en realidad, en cuanto rebasamos las sociedades “agrícolas” y a través de las sociedades agrarias nos adentramos en los complejos terrenos de la organización estatal (particularmente el de los Estados-nación), las identidades son múltiples, incluyen diversos pisos simultáneos, pero que con todo son internamente jerarquizadas.
También me identifico con la crítica del indigenismo, teoría y práctica definida desde el Estado para ser aplicada a los “otros”, aunque me parece que las evaluaciones que en cada momento hace el autor sobre las posibilidades de transformarlo en otra cosa, sea desde dentro mismo del aparato estatal (v. gr., el proyecto de “transferencia” de funciones y recursos del INI a los indígenas), sea desde la acción organizada del movimiento indígena, están sobredimensionadas. Como lo ha demostrado la experiencia, el indigenismo es un hueso más duro de roer de lo que se cree. La superación del indigenismo no puede hacerse desde su transformación, sino desde su negación y supresión radical. Por lo demás, habida cuenta del rechazo de la ruta indigenista por parte del autor, me resulta incomprensible su tenaz objeción a la vía autonomista, cuando no su oposición, calificándola de “peligrosa”, por ejemplo. No vislumbro otro camino que la autonomía en el horizonte. Y el reto más bien es discutir qué tipo de autonomía sería la adecuada para nuestro contexto y realidad nacional, considerando la actual fase de globalización o “imperio” en que estamos envueltos.
Lo dicho. México: identidad y nación es una obra cargada de estimulantes retos y un buen texto para pensar y discutir. Su lectura es muy recomendable.

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José del Val, México: identidad y nación, UNAM, colección “La pluralidad cultural en México”, núm. 6, México, 2004.